El sol se colaba por las rendijas de las persianas cuando abrí los ojos. La cabeza me pesaba un poco, el cava de la noche anterior cobraba su precio, pero no era una resaca mala. Era de esas que te dejan el cuerpo flojo, la memoria borrosa en los bordes y una sonrisa que no se borra aunque intentes esconderla bajo la almohada.
Sebastián seguía dormido a mi lado, de lado, con el brazo extendido sobre mi cintura. Su pelo estaba revuelto, la barba de un día sombreándole la mandíbula, y la sábana solo le cubría hasta las caderas. Lo miré un rato largo, trazando con los ojos las líneas de su pecho, la forma en que su respiración subía y bajaba tranquila.
Me moví un poco y él abrió los ojos despacio, parpadeando contra la luz. Me vio y sonrió de inmediato, esa sonrisa lenta y privada que solo usaba conmigo.
—Buenos días, atrevida —murmuró, voz ronca de sueño.
Me tapé la cara con la almohada al instante.
—No me lo recuerdes —gemí, voz amortiguada—. Por favor. El alcohol me convirtió en otra persona anoche.
Él rio bajito y tiró de la almohada para quitármela. Se acercó, apoyándose en un codo, y me besó la frente, luego la nariz, luego los labios. Beso suave, matutino, sin prisa.
—No eras otra persona —dijo contra mi boca—. Eras tú. Solo sin filtros. Y me encantó.
Me giré hacia él, escondiendo la cara en su cuello.
—No sé cómo mirarte ahora sin ponerme roja. —La vergüenza me quemaba las mejillas.
Él me abrazó más fuerte, riendo contra mi pelo.
—No hay nada de qué avergonzarte, Chloe. Fue perfecto. Tú fuiste perfecta.
Levanté la cabeza lo justo para mirarlo.
—¿De verdad no piensas que fui… ridícula? ¿O inexperta?
—Inexperta, sí. Ridícula, nunca. —Sus dedos trazaron mi columna vertebral, despacio—. Me enseñaste algo anoche, que cuando confías, te sueltas de verdad. Y eso vale más que cualquier técnica.
Suspiré, aliviada un poco.
—El alcohol ayudó. Mucho. Hoy no sé si podría ser tan valiente.
—Entonces no lo seas —dijo simplemente—. Podemos ir despacio siempre que quieras. O rápido. O como salga. Lo único que no quiero es que te sientas obligada a nada.
Me acerqué más, pegando mi cuerpo al suyo. Sentí que ya estaba medio duro contra mi vientre, pero no hizo ningún movimiento para aprovecharlo. Solo me abrazó.
—¿Sabes qué? —susurré—. Me gusta despertarme así. Contigo. Sin máscaras.
—A mí también. —Me besó de nuevo, esta vez más largo, lengua rozando la mía con pereza matutina—. ¿Café? ¿O prefieres quedarte aquí un rato más?
—Café —respondí, sonriendo—. Pero primero… un beso más.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa de Blackwood