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La esposa de Blackwood romance Capítulo 80

Se quedó quieto un momento, ojos cerrados, pecho agitado.

—Joder… —murmuró al fin, abriendo los ojos y mirándome con una mezcla de vergüenza y asombro—. Lo siento. Hace… hace mucho que no me corría así. Demasiado tiempo conteniéndome.

Reí bajito, todavía con la mano pegajosa sobre su abdomen.

—No te disculpes. Me gusta. Me gusta haber sido yo.

—Eres increíble —susurró—. Y yo… soy un desastre contigo.

Nos quedamos un rato en silencio, solo respirando el uno contra el otro. El semen se enfriaba poco a poco sobre mi piel, pegajoso y cálido a la vez, y el olor a sexo y a nosotros llenaba la habitación. Sebastián me miró con esa mezcla de ternura y culpa que ponía cuando sentía que había ido demasiado lejos.

—Vamos a ducharnos —dijo al fin, voz baja y ronca—. Los dos. No quiero que te quedes así.

Asentí, todavía flotando en la nube del orgasmo y en la adrenalina de haberlo tocado hasta el final. Me ayudó a levantarme; mis piernas temblaban un poco. Él se quitó del todo el pantalón y los calzoncillos que todavía colgaban de sus caderas, y yo dejé caer el sujetador que ya no servía de nada. Caminamos desnudos al baño, mano en mano, como si fuera lo más natural del mundo.

Encendió la luz tenue del baño, abrió la ducha y reguló el agua hasta que salió caliente. Entramos juntos bajo el chorro. El agua cayó sobre nosotros como una caricia pesada, lavando el sudor, el cava y lo que habíamos dejado en la piel del otro. Sebastián me abrazó por detrás, pecho contra mi espalda, barbilla en mi hombro. Sus manos subieron despacio por mis brazos, luego bajaron por mi cintura, recogiendo el jabón líquido y extendiéndolo con movimientos lentos, casi reverentes.

—Estás temblando —murmuró contra mi oreja.

—Es el agua… o quizás sea yo —respondí, riendo bajito—. El alcohol me quitó el pudor, la vergüenza… me puso más atrevida de lo que soy normalmente. No sé si mañana podré mirarte a la cara y hablar de esto sin morirme de vergüenza.

Él soltó una risa suave, profunda, que vibró contra mi espalda. Me giró despacio para que quedáramos frente a frente, agua cayendo entre nosotros. Me tomó la cara con las dos manos, pulgares rozándome las mejillas.

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