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La esposa de Blackwood romance Capítulo 84

—Oye, Chloe, ¿te apuntas a cenar? Hay un sitio de t***s aquí al lado que está de muerte. Lucía dice que tienen croquetas de jamón que son ilegales.

Miré el móvil. Ningún mensaje de Sebastián. Pero él había tenido un día horrible. Y yo… yo necesitaba algo normal. Algo con gente que no supiera nada de contratos fallidos ni de tensiones familiares. Gente que solo quisiera reírse y comer.

—Vale —dije al final, sorprendida de mi propia respuesta—. Me apunto. Pero solo una hora, ¿eh? Estoy muerta.

Hubo un coro de “¡sííí!” y palmadas en la espalda. Saqué el móvil y escribí rápido:

Yo

20:03

Sebastián, los compañeros me invitaron a cenar unas t***s aquí cerca. Me quedo una hora y luego voy a casa. ¿Te parece bien? Te aviso cuando salga.

Envío. Esperé un segundo. Dos. Nada. Guardé el móvil y seguí al grupo.

El sitio era pequeño, ruidoso, con mesas de madera y luces cálidas. Pedimos una jarra de sangría, croquetas, patatas bravas, jamón y un poco de tortilla. Hablamos de todo y de nada, de los fails épicos de Pablo en perspectiva, de los diseños de Lucía para un juego indie que parecía sacado de un sueño, de cómo Mateo quería tatuar un dragón en su propia pierna “pero con estilo acuarela”. Reí más de lo que había reído en todo el día.

A las 21:15 miré el móvil. Dos mensajes.

Sebastián Blackwood:

20:07

Ok.

Solo eso. Un “Ok” seco. Fruncí el ceño, pero lo dejé pasar. Me despedí del grupo con abrazos rápidos y promesas de repetir pronto. Salí a la calle y pedí un taxi. El trayecto al ático fue corto, pero se me hizo eterno.

Cuando abrí la puerta, el salón estaba a oscuras excepto por la luz tenue de la lámpara del sofá. Sebastián estaba sentado allí, con el traje aún puesto, corbata aflojada, un vaso de whisky en la mano. No había música, no había televisión. Solo silencio y él mirando la ciudad por la ventana.

—Hola —dije bajito, dejando el bolso en la entrada.

Giró la cabeza despacio. Sus ojos estaban oscuros, cansados, y algo más. Enfado. No el enfado profesional del día, sino algo personal.

—Hola —respondió, voz baja y fría—. ¿Qué tal la cena?

Tragué saliva.

—Bien. Estuvo bien. Solo t***s, risas… necesitaba desconectar un poco.

Él dejó el vaso en la mesa con un golpe seco.

—¿Y no podías desconectar conmigo? ¿Después de un día como hoy?

Me quedé parada en el umbral.

—Te escribí. Te dije que iba a estar una hora. Pensé que…

—Pensaste que un “Ok” era permiso para quedarte fuera mientras yo estaba aquí solo, con la cabeza a punto de estallar. —Se levantó, pero no se acercó—. ¿Sabes lo que hice después de dejarte en el estudio? Volví a la oficina. Intenté arreglar el desastre. No pude. Y luego vine aquí, pensando que al menos te tendría a ti cuando volvieras. Pero no. Te fuiste con tus compañeros.

Sentí un nudo en el estómago.

—No fue por ti. Fue porque el día fue gris para los dos. Pensé que una cena rápida me ayudaría a llegar a casa más tranquila. Y a ti también.

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