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La esposa de Blackwood romance Capítulo 85

El martes amaneció gris, como si la ciudad hubiera decidido no levantar cabeza después del lunes. Me desperté antes que el despertador, con el cuerpo pesado y la mente todavía dando vueltas a la discusión de anoche. Sebastián dormía a mi lado, de espaldas, la respiración profunda y lenta. No me había soltado en toda la noche, pero había algo diferente en cómo se acurrucaba, más apretado, más necesitado. Como si temiera que me fuera a ir. Ni siquiera había entrenado como todos los días.

No quise despertarlo. Me quedé mirándolo un rato, trazando con los ojos la línea de su hombro, el mechón de pelo que le caía sobre la frente. Parecía más joven dormido, menos cargado. Pero sabía que cuando abriera los ojos, la sombra seguiría allí.

Fui a la cocina en silencio, preparé café y el desayuno para los dos. Cuando vino a la cocina, ya vestido para la oficina. Me abrazó por detrás como siempre, pero el abrazo fue más corto, más mecánico. Me besó la nuca sin decir nada y se sirvió café.

—¿Dormiste bien? —pregunté bajito.

—Regular —respondió, voz ronca—. ¿Y tú?

—Regular también.

Silencio. Bebió un sorbo y miró por la ventana.

—No quiero ir a la oficina hoy —dijo de repente—. Pero tengo que hacerlo.

—Puedes tomarte el día —sugerí—. Nadie se muere por un día libre.

Negó con la cabeza.

—No. Tengo que arreglar lo de ayer. Disculparme con el equipo. No puedo dejarlo colgado.

Asentí. No insistí.

Fuimos juntos, como siempre. En el coche apenas hablamos. Él conducía con la mirada fija en la carretera, yo miraba por la ventanilla. Cuando llegamos a Blackwood Tech, me besó en la mejilla antes de salir del ascensor, un beso frío, casi protocolario.

El día transcurrió lento. Lo vi un par de veces en los pasillos, hablaba con gente, daba instrucciones, pero su voz era plana, sus ojos apagados. A mediodía pasó por mi oficina, se apoyó en el marco de la puerta.

—La tía Elena nos invitó a almorzar —dijo sin preámbulos—. En su casa. A las 14:00. ¿Te parece bien?

Me sorprendió. Miré el reloj: 12:45.

—¿Hoy?

Asintió.

—Dijo que quería vernos. Que echaba de menos la casa llena después de la fiesta.

No dudé.

—Claro. Vamos.

Él asintió, pero no sonrió.

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