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La esposa de Blackwood romance Capítulo 89

El trayecto de vuelta fue silencioso, pero no vacío. La mano de Sebastián cubría la mía sobre la palanca de cambios, su pulgar trazando círculos lentos, casi distraídos, como si necesitara recordarse que yo seguía allí. De vez en cuando giraba la cabeza un segundo para mirarme, y en sus ojos había una calma nueva, algo que no había visto antes: paz mezclada con una especie de asombro suave.

Cuando entramos al garaje subterráneo del edificio, el motor se apagó y el silencio del coche nos envolvió un momento más. Ninguno de los dos se movió inmediatamente. Él soltó el volante, se giró hacia mí y me tomó la cara con las dos manos. Me besó despacio, sin prisa, como si quisiera sellar lo que acababa de pasar en el cementerio. Fue un beso largo, profundo, con sabor a gratitud y a algo que todavía no tenía nombre.

—Gracias —susurró contra mis labios cuando se separó apenas—. Por estar ahí. Por hablarle. Por… todo.

Le sonreí, todavía con los ojos húmedos.

—No me des las gracias. Yo también quería conocerla.

Subimos en el ascensor cogidos de la mano. Cuando las puertas se abrieron en nuestro piso, el ático nos recibió con esa luz dorada de finales de tarde que entraba por los ventanales del salón. Dejamos los zapatos en la entrada y el sonido de las llaves al caer en la mesita fue lo único que rompió el silencio.

Sebastián se aflojó la corbata con un movimiento lento, la dejó colgando del cuello y se desabrochó los dos primeros botones de la camisa blanca. Yo hice lo mismo con mi blusa ligera, quitándome el jersey que llevaba por encima porque de repente sentía calor, mucho calor, como si todo lo que habíamos contenido en el cementerio estuviera empezando a desbordarse.

—¿Tienes hambre? —preguntó, voz baja, mientras caminaba hacia la cocina abierta.

—Un poco —admití—. Pero no de cocinar nada complicado.

Preparamos dos platos sin hablar mucho. Yo me senté en uno de los taburetes altos de la isla y él se quedó de pie al otro lado, sirviendo. Cuando puso el plato delante de mí, se inclinó sobre la encimera y me robó un beso rápido, uno de esos que saben a “estoy aquí y no me voy”.

Comimos despacio, casi en silencio. De vez en cuando él estiraba la mano y me rozaba los dedos, o yo le quitaba una miga de pan de la comisura de los labios con el pulgar. No hacía falta hablar. El día ya había dicho todo lo que necesitaba decir.

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