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La esposa de Blackwood romance Capítulo 88

Abrió la nevera y sacó un cartón de nata fresca y tomó las fresas más rojas. Las lavó con cuidado bajo el grifo, como si fueran algo frágil. Yo me subí de un salto a la encimera y me quedé mirándolo, balanceando las piernas.

—¿Quieres que te ayude? —pregunté.

Negó con la cabeza, sonriendo de lado.

—No. Tú solo mira. Así era con ella. Yo me sentaba aquí —señaló el suelo con la barbilla— y ella hacía todo. Decía que los niños no debían tocar cuchillos todavía, aunque yo insistía en que ya era mayor.

Se rio bajito, un sonido suave y nostálgico.

Cortó las fresas en rodajas gruesas, las puso en dos cuencos profundos y luego vertió la nata por encima, generosa, sin miedo a que se desbordara. No usó batidora ni nada; solo removió con una cuchara de madera hasta que la nata se volvió cremosa y brillante. El olor dulce llenó la cocina entera.

Cuando terminó, se acercó a mí con los dos cuencos en las manos.

—Al suelo —dijo, como si fuera una orden cariñosa.

Bajé de la encimera y me senté en las baldosas frías, con la espalda contra los muebles bajos. Él se sentó frente a mí, piernas cruzadas, tan cerca que nuestras rodillas se tocaban. Me pasó uno de los cuencos y una cuchara.

—Sin cubiertos elegantes. Con las manos también vale, pero hoy con cuchara, que somos civilizados —bromeó.

Probé el primer bocado. La fresa estaba dulce y jugosa, la nata fría y suave. Cerré los ojos un segundo.

—Dios… esto es ridículamente bueno.

Él sonrió, pero sus ojos estaban lejos, recordando.

—Ella siempre ponía una fresa entera encima, como corona. Decía que era la reina de las fresas. Y luego me dejaba comérmela a mí.

Cogió una fresa entera de su cuenco y la puso con cuidado encima del mío.

—Para ti, mi reina.

Me reí.

Mientras comíamos despacio, me fue contando más. Pequeñas cosas: cómo ella le cantaba cuando no podía dormir, cómo olía su pelo a manzanilla después de lavarlo, cómo le enseñó a atarse los cordones con el método del conejo. Hablaba con voz baja, sin prisa, como si cada recuerdo fuera una piedra que dejaba caer en un lago tranquilo.

Cuando terminamos, los cuencos quedaron vacíos y nuestras manos pegajosas de nata y jugo rojo. Nos miramos y nos reímos al mismo tiempo, como niños.

—Vamos a lavarnos —dijo él, poniéndose de pie y tendiéndome la mano.

Pero en lugar de ir al fregadero, me llevó al salón. Nos sentamos en el sofá, todavía con las manos sucias, y nos quedamos callados un rato. Él jugaba con mis dedos, entrelazándolos y soltándolos.

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