Diana Ambrosetti Falcón supo que algo estaba mal incluso antes de abrir los ojos.
El dolor la despertó desde lo más profundo de su vientre, una presión brutal, baja, cruel, como si algo se retorciera dentro de ella sin compasión. Se llevó una mano al abdomen y jadeó; el sudor le empapaba la frente pese al frío londinense que se filtraba por las paredes de la mansión.
No era la primera vez que tenia la regla.
Pero esta vez… esta vez era distinto.
Cuando intentó incorporarse, una oleada de mareo la obligó a quedarse inmóvil.
—No… no ahora… —susurró, con la voz rota.
Al mover las piernas, lo sintió.
La humedad tibia.
La certeza inmediata del miedo.
Se levantó con dificultad y caminó hasta el baño, sosteniéndose de la pared del dormitorio que compartía con un hombre que jamás la había mirado como esposa.
Jeremy Ambrosetti Morgan dormía del otro lado de la cama, de espaldas, impecable incluso al descansar. Su respiración era lenta, controlada, como todo en él. Aun dormido parecía intocable, dueño absoluto del espacio.
Tres años de matrimonio por contrato.
Tres años sin caricias.
Sin palabras.
Sin un solo roce accidental.
Para Jeremy, Diana no era una mujer. Era un acuerdo legal. Una cláusula más dentro de su vida perfectamente ordenada.
Cuando bajó la mirada y vio la sangre manchando sus muslos y la sábana, el pánico le cerró el pecho.
—Dios… —murmuró. — ¿Que voy a hacer?
La sangre era abundante. Demasiada.
Sus manos comenzaron a temblar mientras se limpiaba como podía. El dolor se intensificó, punzante, obligándola a doblarse sobre sí misma. Sabía que algunas mujeres pasaban reglas dolorosas, pero el cuerpo no entiende de lógica cuando grita.
Un gemido escapó de sus labios.
Entonces, la puerta del baño se abrió de golpe.
—¿Qué demonios es esto?
La voz de Jeremy no fue un grito. No lo necesitaba.
Fue baja. Cortante. Autoritaria.
Diana levantó la cabeza, pálida, con los ojos llenos de lágrimas.
Jeremy estaba allí, alto, perfectamente erguido, con el rostro endurecido por una furia silenciosa. Vestía como si fuera a una reunión de alto nivel, incluso a esa hora. Su mirada descendió de inmediato al suelo… a la sangre.
El silencio se volvió asfixiante.
—Jeremy… yo… —intentó decir.
Él dio un paso adelante. El ambiente pareció encogerse.
—¿Estás sangrando? —preguntó, aunque la respuesta era evidente—. ¿Desde cuándo?
—Es mi menstruación… —respondió ella, tragando saliva—. Me duele mucho, pero es normal algunas veces…
La risa de Jeremy fue breve. Seca. Helada.
—¿Menstruación? —repitió—. No me tomes por estúpido, Diana.
El corazón de ella se estremeció.
—No…esto es hemorragia.
—Cállate.
No levantó la voz.
Pero la orden fue absoluta.
Jeremy volvió a mirar la sangre, su expresión transformándose en algo oscuro, peligroso.
—Tres años —dijo despacio—. Tres años sin tocarte. Tres años en los que jamás me interesó si respirabas o no… y ahora apareces sangrando así.
Diana negó con la cabeza, desesperada.
—Nunca estuve con nadie. Te lo juro… es solo mi regla. Soy irregular, nunca le presté atención…
—¿Me estás diciendo —la interrumpió, avanzando hasta quedar frente a ella— que pretendes hacerme creer que esto no es un aborto?
La palabra cayó como una sentencia.
—¿Aborto…? —susurró ella—. No… no estoy embarazada…
—Entonces explícame —espetó— cómo es posible que sangres de esta manera.
Un nuevo espasmo de dolor la obligó a apoyarse en el lavamanos.
—Me duele… por favor… quizá debería ir al hospital. Él sangrado no es normal.
Jeremy no se movió.
La miró con absoluto desprecio.
—¿Hospital? —repitió—. ¿Para que un médico confirme que mi esposa quedó embarazada de otro hombre?
Las lágrimas comenzaron a caer sin control.
—No te engañé… nunca… tú jamás me tocaste…
—Exacto —respondió él, con voz baja y peligrosa—. Yo jamás te toqué.
Diana sintió que algo se rompía dentro de ella.
—No había ningún hijo… es mi cuerpo… algunas mujeres sangran más…
Jeremy la observó en silencio. Luego se dio la vuelta.
—No me interesa —sentenció—. Desde este momento, quedas marcada como una mujer infiel bajo este techo.
—¡No! —gritó ella, cayendo de rodillas—. Por favor…
Jeremy se detuvo en la puerta, sin mirarla.
—No vuelvas a dirigirme la palabra. Y agradece que este matrimonio sea un contrato. De otro modo, ya estarías en la calle.
La puerta se cerró.
Diana quedó sola, abrazándose el vientre en el suelo frío del baño. El dolor físico era insoportable, pero el otro… ese era devastador.
No solo estaba sangrando.
Estaba condenada.
Ella no supo en qué momento dejó de temblar.
El dolor no desapareció; simplemente se volvió constante, como un animal agazapado dentro de su vientre, esperando el instante exacto para volver a morder. Cuando el frío del suelo se volvió insoportable, logró arrastrarse hasta la cama. Sus piernas no la sostenían. La sangre seguía fluyendo, silenciosa, implacable.
Se acostó de lado, abrazándose a sí misma.
No había nadie que la cuidara.
Nunca lo hubo.
Jeremy no regresó esa noche.
El reloj marcaba las tres de la madrugada cuando Diana cerró los ojos, no por descanso, sino por agotamiento. Cada espasmo la arrancaba del borde del sueño. Pensó en su madre. En la vida antes del apellido Ambrosetti. Antes del contrato que la convirtió en esposa sin ser mujer, en presencia sin existir.
Cuando amaneció, el mundo no fue más amable.
El sonido de la puerta del dormitorio abriéndose la despertó de golpe. Diana intentó incorporarse, pero su cuerpo tardó en responder.
Jeremy estaba de pie frente a ella.
Traje oscuro impecable.
Gemelos de acero.
Mirada fría.
Como si la noche anterior no hubiera ocurrido.
—Levántate —ordenó.
Su voz no admitía retrasos.
—Jeremy… —susurró.
Él la observó desde la distancia, sin acercarse.
—No te pedí que hablaras —dijo—. Te pedí que te levantaras.
Diana apoyó las manos en el colchón y logró sentarse. El mareo la golpeó con fuerza. Manchas negras cruzaron su visión, pero se obligó a mantenerse despierta. Sabía que la debilidad no era una defensa. Con Jeremy, nunca lo era.
—Hoy recibirás tu castigo —continuó él, ajustándose los gemelos—. No porque sangres. No porque estés enferma. —Hizo una pausa breve.—Sino porque me deshonraste.
El aire se le atoró en la garganta.
—Jamás te fallé… —dijo en un hilo de voz—. Nunca.
Jeremy sonrió por primera vez.
Fue breve.
Cruel.
Vacía.
—Fallaste en lo único que te correspondía: mantenerte limpia.
Ella bajó la mirada.
—Desde hoy —prosiguió— dejarás la habitación principal. Una mujer infiel no comparte espacio con su esposo.
—Pero… esta es mi casa…
—No —corrigió él—. Es mi casa. Tú solo firmas papeles dentro de ella.
Dos empleados aparecieron en la puerta, como si hubieran estado esperando la orden. Ninguno la miró a los ojos.
Jeremy hizo un leve gesto con la mano.
—Llévenla al cuarto del ala este. Retírenle todo lo que no sea estrictamente necesario.
Jeremy no la miró.
Las manos de los empleados fueron firmes, impersonales. No había violencia abierta; no la necesitaban. En esa casa, la voluntad de Jeremy era suficiente.
El cuarto al que la llevaron no era pequeño, era adecuado, para ella muy perfecto.
Jeremy entró detrás de ella.
—A partir de hoy cumplirás funciones domésticas —dijo—. Desayunos, limpieza, lavandería. No volverás a presentarte como mi esposa en público.
Diana se apoyó en la pared para no caer.
—Estoy enferma, pero no se preocupe que cumpliré con las obligaciones, pero también te informo que iré a ver un doctor.


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