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La esposa invisible del CEO romance Capítulo 1

Diana estaba sentada en la camilla cuando la doctora Graciela regresó con los resultados en la mano.

El papel temblaba casi tanto como ella.

Había pasado por la evaluación clínica, los análisis rápidos, el ultrasonido. Cada minuto dentro de esa clínica le había parecido una eternidad. No por el lugar en sí, sino por el peso simbólico que ahora cargaba ese sitio sobre su nombre, sobre su matrimonio, sobre su destino.

Graciela cerró la puerta con cuidado y se apoyó en el escritorio.

—Bien —dijo—. Vamos a hablar con calma.

Edith se acercó más a Diana y le tomó la mano.—Ya tenemos los resultados de todos los estudios —añadió.

Diana tragó saliva.

—Entonces… ¿por qué sangro así?

Graciela hojeó los informes con precisión clínica.

—Tienes una anemia bastante marcada —explicó—. Tus niveles de hemoglobina están bajos. Eso justifica el mareo, la palidez, la debilidad extrema. No es algo que haya aparecido de la nada.

—¿Anemia…? —repitió Diana—. Pero yo me alimento bien…

—No siempre se trata solo de la alimentación —respondió la doctora—. En tu caso está directamente relacionado con un desorden hormonal.

Diana frunció el ceño.

—¿Hormonal?

—Sí. Tus ciclos irregulares no son casualidad. Hay un desequilibrio entre estrógeno y progesterona. Cuando el estrógeno se eleva sin el contrapeso adecuado, el endometrio crece más de lo normal… y cuando finalmente se desprende, el sangrado es abundante y muy doloroso.

Edith apretó los labios.

—¿Es peligroso?

—Puede serlo si no se trata —asintió Graciela—. La pérdida excesiva de sangre te llevó a la anemia. Si continúas así, más adelante incluso podrías tener complicaciones para concebir. Pero, sobre todo, es un riesgo para tu salud ahora.

Diana bajó la mirada.

—¿Tiene solución?

—Sí —respondió la doctora—, pero requiere disciplina. Reposo absoluto al menos una semana. Nada de estrés, nada de esfuerzos físicos.

Anotó con rapidez.

—Te voy a recetar un regulador hormonal y un suplemento fuerte de hierro. Además, una dieta estricta: proteínas, vegetales verdes. Nada de café ni alcohol. Y controles mensuales. No puedes ignorar esto.

Diana asintió despacio.

—Gracias…

Graciela la observó con más atención.

—Y una cosa más —añadió con voz más baja—. No es normal que una mujer viva bajo tanta presión emocional. El cuerpo habla cuando la mente ya no puede más.

Diana no respondió.

Edith sí.

—Nos ocuparemos de eso.

Al salir de la clínica, el sol de la mañana londinense las golpeó de frente.

Diana respiró hondo. El medicamento empezaba a aliviar el dolor y, por primera vez desde la noche anterior, se sentía un poco más estable. Saber que no había hecho nada malo le devolvía una claridad mínima, frágil, pero real.

No vio el destello.

No escuchó el clic de la cámara.

Desde la acera opuesta, una mujer las observaba con una sonrisa torcida. Alta, elegante, gafas oscuras, teléfono en mano.

Margrot Stewart.

La única mujer que había estado realmente cerca del corazón de Jeremy Ambrosetti Morgan.

Margrot reconoció a Diana de inmediato. La esposa invisible. El adorno legal. Y ahora… saliendo de una clínica de abortos.

—Interesante —murmuró, tomando varias fotografías más.

No dudó. Esa información valía oro.

Y Diana no tenía idea de que acababa de ser vendida.

El camino de regreso a la villa fue silencioso.

—Te ves un poco mejor —comentó Edith—. Tienes algo más de color.

—Me siento menos mareada —admitió Diana—. Supongo que el medicamento…

—Y que ya sabes la verdad —respondió Edith—. El problema ahora es que Jeremy también la sepa.

Diana cerró los ojos.

—No quiere escucharme.

—Entonces tendrá que hacerlo.

Ambas sabían que esas palabras no pesaban lo mismo frente a Jeremy Ambrosetti Morgan.

Al llegar a la villa, el ambiente era distinto.

Demasiado silencioso.

Diana bajó del auto y caminó despacio hacia la entrada. Cada paso venía acompañado de una sensación incómoda, una advertencia instintiva.

La puerta se abrió.

Jeremy estaba allí.

De pie en medio de la sala, impecable, sereno. El traje oscuro, la postura perfecta, la calma de quien ya ha decidido.

Un demonio encantador.

—Jeremy… —susurró.

Él levantó la mirada con lentitud.

—¿Disfrutaste tu visita a la clínica de abortos? —preguntó con voz suave.

Cada palabra fue una bofetada.

—No —respondió de inmediato—. No fui por eso. Estoy enferma. Tengo anemia, un problema hormonal…

Jeremy levantó una mano.

—No quiero escucharla.

Diana avanzó un paso.

—Tengo los resultados. El diagnóstico. Puedo mostrártelos…

—No me interesa —la interrumpió—. Ya vi lo suficiente.

—Nunca te engañé —dijo ella, temblando—. Tú sabes que jamás me tocaste.

—Lo único que sé —respondió él, acercándose— es que mi esposa salió sin decir nada, fue seguida y terminó en una clínica de abortos.

—No salí a escondidas…

—Porque nadie se atreve a detenerte —corrigió—. Eso no te hace inocente.

Por un segundo, Diana creyó ver duda en sus ojos.

Desapareció de inmediato.

—Desaparece de mi vista —ordenó—. No quiero verte hoy.

—Jeremy…

—¡VETE!

Ella bajó la cabeza.

Obedeció.

Horas después, la noticia explotó.

Primero fue un murmullo digital. Luego una avalancha.

Diana estaba sentada en la cama del cuarto asignado cuando encendió el teléfono.

La pantalla se llenó de notificaciones.

DIANA AMBROSETTI FALCÓN.

ESPOSA DEL CEO JEREMY AMBROSETTI MORGAN

El apellido que nunca sintió suyo ahora ardía como una marca.

La imagen cargó.

Era ella.

Saliendo de la clínica.

Titular tras titular:

“ESPOSA DEL CEO AMBROSETTI CAPTADA EN CLÍNICA DE ABORTOS”

“ESCÁNDALO EN LA ÉLITE FINANCIERA DE LONDRES”

“¿TRAICIÓN EN LA FAMILIA AMBROSETTI?”

Diana sintió que el aire le faltaba.

En el despacho principal, Jeremy observaba las pantallas.

No dudaba.

No escuchaba explicaciones.

SU VERDAD 1

SU VERDAD 2

SU VERDAD 3

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