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La esposa invisible del CEO romance Capítulo 2

La noche cayó sobre Londres con una calma engañosa.

Las luces de la ciudad se encendieron una a una, como si nada hubiese ocurrido durante el día. Como si ningún apellido hubiera sido arrastrado por los titulares. Como si una mujer no hubiese sido convertida en culpable colectiva antes siquiera de poder defenderse.

Jeremy salió de la villa cuando el cielo aún conservaba un tinte azul oscuro.

No dio explicaciones.

No dejó órdenes.

Tomó su abrigo, las llaves y se marchó con el mismo control con el que hacía todo. Pero esa noche, algo en su pecho no estaba en orden.

No era culpa.

Tampoco arrepentimiento.

Era una presión incómoda. Persistente.

El bar estaba a pocas cuadras, uno de esos lugares discretos donde el poder creía sentarse sin ser observado. Luces bajas. Madera oscura. Un piano suave al fondo.

Jeremy pidió un whisky sin mirar la carta y se sentó en la barra, la espalda recta, la mirada fija al frente.

Bebió un sorbo.

El alcohol quemó lo justo para recordarle que seguía teniendo control.

—Jeremy…

La voz lo alcanzó antes de que pudiera ignorarla.

Margrot Stewart estaba allí.

Vestida con sobriedad calculada, un vestido oscuro que resaltaba su figura sin parecer ostentoso. El cabello suelto caía sobre sus hombros con un descuido cuidadosamente ensayado. Se acercó despacio, como si temiera asustarlo… o como si supiera exactamente cuánto podía acercarse.

—No pensé que vendrías a este lugar —dijo con suavidad—. Pero siempre lo hacías cuando necesitabas pensar.

Jeremy no giró la cabeza de inmediato.

—Los hábitos no mueren fácil —respondió al fin.

Margrot se sentó a su lado, dejando un espacio prudente entre ambos. Bajó la mirada, como si cargara un peso invisible.

—Vi los titulares hoy —dijo—. Todo Londres habla de eso.

Jeremy volvió a beber.

—Londres siempre habla.

—No entiendo —continuó ella, alzando la vista lentamente—. No entiendo cómo estás casado con una mujer que no quiso tener un hijo tuyo. Cuando yo me muero por llevar en mo vientre un hijo tuyo, Jeremy.

La frase quedó suspendida entre ellos.

Jeremy apoyó el vaso sobre la barra con un golpe seco.

—Si tanto hubiera querido un hijo mío —dijo sin mirarla—, no se habría ido.

Margrot se quedó inmóvil.

El golpe fue certero.

—Yo… —tragó saliva—. Yo era joven. Tenía miedo. No supe manejarlo.

—Siempre fuiste buena justificándote, siempre dejabas que el miedo fuera más fuerte que tú, nada raro, nada nuevo en eso—respondió él.

Por un instante, la seguridad de Margrot se resquebrajó. No estaba acostumbrada a que Jeremy no cediera.

—Nunca te olvidé —confesó—. Nunca dejé de pensar en lo que pudo haber sido. Y cuando vi lo de hoy… pensé que tal vez… —dudó— tal vez el destino nos estaba dando otra oportunidad.

Mientras hablaba, un destello casi imperceptible se reflejó en el espejo detrás de la barra.

Un fotógrafo.

Observando desde la penumbra.

Margrot no lo notó.

—Quiero enmendar mi error —continuó—. Permíteme estar cerca de ti otra vez. No te pido nada más.

Colocó lentamente su mano sobre la de Jeremy.

El contacto fue breve.

Él la retiró de inmediato su mano.

—No me gusta que me toquen —dijo con frialdad.

Margrot sintió el rechazo como una bofetada.

—Jeremy…

—No confundas el escándalo con una invitación —añadió—. Mi matrimonio es un asunto mío. Y tú dejaste de ser parte de mi vida hace mucho tiempo.

El fotógrafo volvió a disparar.

Dos figuras poderosas.

Un pasado insinuado.

Un presente incendiado.

Margrot forzó una sonrisa que no le llegó a los ojos.

—Solo quería ayudarte —dijo—. Recordarte que no todos te fallaron.

Jeremy la miró por primera vez directamente.

—Tú fuiste la primera.

Se levantó, dejó el dinero sobre la barra y se marchó sin mirar atrás.

Margrot quedó sentada, con la mano aún suspendida en el aire, mientras en la sombra alguien ya enviaba las imágenes que pronto circularían.

La noche aún no había terminado de cobrar su precio.

En la villa, Diana ya estaba acostada.

La habitación permanecía en penumbra, iluminada apenas por una lámpara tenue. El cansancio pesaba más que el dolor. Su cuerpo, debilitado, comenzaba por fin a rendirse al reposo forzado.

Un suave golpe en la puerta la hizo incorporarse.

—Pase…

Una de las mucamas entró con una bandeja.

—Su cena, señora.

—Gracias…

La mujer dudó un instante antes de retirarse.

—Señora… —añadió en voz baja—. Usted es muy hermosa. No permita que sean muy duros con usted.

Diana alzó la vista, sorprendida.

La mucama sonrió con timidez.

—Que tenga una buena noche.

Fue un gesto pequeño.

Pero en ese momento significó más que todas las palabras que Jeremy jamás le había dicho.

Diana cenó despacio, obedeciendo las indicaciones médicas. No podía darse el lujo de enfermar más.

Cuando terminó, salió al balcón.

La luna colgaba en el cielo como una promesa distante. El aire nocturno era fresco. Por primera vez en horas, el silencio no fue opresivo.

Fue compañía.

—Solo me quedo yo… —susurró.

Y tal vez eso era suficiente por esa noche.

El amanecer llegó sin hacer ruido.

Diana despertó con cautela. El dolor había cedido. El sangrado era mínimo. Normal.

Agradeció en silencio.

Se duchó, se vistió con ropa sencilla, trenzó su cabello. No buscaba verse bien. Solo pasar desapercibida.

Bajó a la cocina cuando la casa aún dormía.

Tomó el palo de limpieza.

No porque se lo exigieran en voz alta.

Sino porque Jeremy lo había decidido.

—Señora…

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