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La esposa invisible del CEO romance Capítulo 3

Diana sabía que estaba cruzando una línea.

Y aun así, tomó nota mental de algo importante: Jeremy necesitaba aplastarla porque no la entendía. Y los hombres como él cometían errores cuando subestimaban.

—Faltarme el respeto tendrá consecuencias —dijo él con frialdad.

Diana respiró hondo.

—Las acepto. — Esa respuesta no encajaba en el guion que él esperaba. —Las acepto —repitió—. Porque no he hecho nada malo. Si no quieres creerme, ese es tu problema.

Se giró hacia la mesa y tomó la carpeta médica. La sostuvo un segundo más de lo necesario. No era miedo. Era cálculo. Luego la lanzó sobre la superficie de madera.

—Ahí está todo —dijo—. Diagnósticos. Estudios. Sellos. Fechas. Usted es el presidente del grupo Ambrosetti. Supongo que si lee, podrá entenderlo mejor.

Jeremy no tocó la carpeta.

—¿Crees que esto te salva?

—No —respondió Diana—. Pero me devuelve algo que intentaste quitarme.

—¿Qué?

Ella lo miró directo a los ojos.

—Dignidad.

Jeremy avanzó.

La distancia entre ambos se redujo hasta volverse peligrosa. Su aura aplastaba, exigía rendición. Diana sintió el instinto de supervivencia gritarle que retrocediera.

No lo hizo.

—¿Sabes ante quién estás? —susurró él.

—Lo sé —respondió ella—. Estoy frente a un hombre que creyó un escándalo antes que a su esposa.

Jeremy alzó una mano, marcando territorio, proyectando amenaza.

—Estás jugando con fuego.

Diana alzó el mentón.

—Tal vez —susurró—. Pero no estoy mintiendo.

Jeremy la observó como se observa algo que aún no se decide si romper o conservar.

—Desafiarme tiene un costo —dijo finalmente—. Y acabas de aceptarlo.

—Lo sé.

Jeremy dio un paso atrás.

—Mañana irás a mi empresa. No como mi esposa. No como una Ambrosetti. Trabajarás en limpieza. Quiero que recuerdes quién soy.

Diana sostuvo su mirada.

—No tengo miedo del trabajo.

Eso lo irritó.

—Aprenderás a temer otras cosas.

Jeremy salió sin mirar atrás.

Solo cuando la puerta se cerró, Diana soltó el aire que había estado conteniendo. Sus piernas flaquearon. Se sentó en la cama.

Jeremy Ambrosetti no era solo un hombre.

Era una estructura de poder.

Podía destruirla con una llamada.

Pero el poder siempre dejaba rastros.

Y las empresas vivían de pruebas.

—Es la única forma… —susurró—. Resistir sin que note cuándo dejo de hacerlo.

A las seis de la mañana, Diana ya estaba lista.

No esperó órdenes.

Salió de la villa.

Caminó decidida hasta que un Bentley Continental GT negro se detuvo a su lado. Elegante. Imponente. Silencioso.

Jeremy bajó la ventanilla.

—Súbete —ordenó— antes de que te devoren los perros y me quiten la satisfacción de ser yo quien te destruya.

Ella lo miró.

No había miedo en sus ojos.

Había atención.

El edificio Ambrosetti se alzaba sobre Londres como una extensión natural de su CEO: vidrio, acero, dominio.

Diana entró detrás de él.

Observó.

Jerarquías. Miradas. Silencios.

—Empiezas en Recursos Humanos —dijo Jeremy—. Quiero informes.

Eso confirmó lo que ella sospechaba: no buscaba limpieza, buscaba humillación.

Trabajó en silencio.

Y cuando la jefa de Recursos Humanos derramó el café sobre los documentos y la culpó, Diana no reaccionó de inmediato.

Observó.

Vio cómo los empleados bajaban la mirada.

Vio la prisa por señalarla.

Cuando llamaron a Secretaría Presidencial, Diana ya sabía lo que venía.

La llamada llegó minutos después.

—Oficina Presidencial. Ahora.

Diana caminó hacia el ascensor con la espalda recta.

No como una víctima.

Como alguien que ya había identificado el error del enemigo.

Al entrar, chocó con el cuerpo de Jeremy.

—Vaya… —murmuró—. Muy segura para alguien tan ineficiente.

Le tomó la barbilla.

—¿Cómo pudiste ser tan incompetente?

—Yo no derramé nada —dijo Diana con calma—. Eso es mentira.

—Entonces todos mienten y solo tú dices la verdad.

Diana alzó la mirada.

—Esta es la empresa más poderosa de Londres —dijo—. Supongo que el CEO tuvo la previsión de instalar cámaras en las oficinas administrativas.

El silencio fue absoluto. Jeremy endureció las facciones. La frase cayó como una hoja de acero.

—Supongo que el CEO tuvo la previsión de instalar cámaras en las oficinas administrativas.

El silencio no fue incómodo. Fue peligroso. Jeremy Ambrosetti no se movió de inmediato. No alzó la voz. No reaccionó como un hombre herido en su orgullo, sino como uno que recalcula una guerra.

Durante un segundo —breve, imperceptible—, Diana vio algo distinto en su rostro.

No ira.

No desprecio.

Interés.

Jeremy soltó la barbilla de Diana con lentitud. No porque ella se lo exigiera, sino porque ya no necesitaba tocarla para dominar la escena.

TODOS MIENTEN Y SOLO TÚ DICES LA VERDAD 1

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