— Diana ¿Puedes acercar esto a la Oficina Presidencial? — La mujer se da la vuelta y observa a la secretaria que tenía ante ella, no había razones para negarse así que acepto llevar los documentos.
Estaba a pocos metros de la oficina cuando una figura femenina apareció desde el lado opuesto del pasillo.
Margrot Stewart.
Era imposible no reconocerla.
Alta, estilizada, vestida con un abrigo claro de corte impecable, tacones finos que marcaban cada paso con seguridad. Su cabello rubio caía con perfección calculada sobre los hombros. Margrot no caminaba: se exhibía. Como si aquel edificio también le perteneciera.
Diana se detuvo apenas un segundo. No por miedo. Por reconocimiento. Había escuchado y habia visto que era la ex novia de su esposo. Margrot también la vio. Y sonrió.
No fue una sonrisa amable. Fue lenta. Afilada. De esas que se curvan cuando alguien cree haber encontrado una debilidad que explotar.
— ¿Tú?… —dijo, acercándose de manera amenazante.
Diana no respondió. No todavía.
Margrot acortó la distancia sin pedir permiso y, con un movimiento brusco, le sujetó el brazo.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó, con voz cargada de desprecio—. No sabía que las mujeres que engañan a Jeremy tenían permitido pasearse por su empresa.
El contacto fue inesperado. No doloroso. Pero sí invasivo.
—Deberías estar en la calle —continuó Margrot—. O escondida. No aquí, fingiendo que perteneces a este lugar.
Los dedos de Diana se tensaron. Durante un segundo, el impulso fue claro: defenderse. Responder. Atacar. Tenía palabras. Tenía razones. Tenía fuerza. Pero eligió otra cosa. Se soltó del agarre con un movimiento limpio, preciso. Sin empujar. Sin gritar. Sin perder dignidad.
—No me toque —dijo, con voz baja.
Margrot alzó una ceja, divertida.
— Mira, yo voy a tocarte, humillarte, hacer todo lo que quiero contigo y nadie podrá decirme que no.
— Usted no tiene porque amenazarme.
—¿O qué? —preguntó—. ¿Vas a llamar a Jeremy? ¿A llorarle? Ya sabemos cómo terminan esas historias contigo. Eres una simple niña que pertenecía a un convento, te casaron con Jeremy por obligación y para terminar con broche de oro tu patética historia, terminas por abortar un hijo quizás de él o de otro.
Diana sostuvo su mirada. No había rabia visible en su rostro. Había cálculo. Y entonces…
—¿Desde cuándo alguien puede juzgar a la señora Ambrosetti?
La voz resonó en el pasillo como un golpe seco.
Grave.
Autoritaria.
Inapelable.
El aire cambió.
Diana sintió el impacto incluso antes de girarse.
Margrot se quedó rígida.
Jeremy Ambrosetti estaba de pie a pocos metros, avanzando hacia ellas con pasos lentos, medidos. Su traje oscuro parecía absorber la luz. Su expresión no mostraba sorpresa. Mostraba algo peor.
Control absoluto… teñido de furia.
—¿Quién te da derecho a hablarle de esa manera a mi esposa? —continuó Jeremy, sin elevar la voz.
La palabra esposa cayó como una sentencia.
Margrot parpadeó.
Diana también.
No porque dudara de su condición, sino porque Jeremy jamás la había reclamado así. No en público. No frente a alguien de su pasado.
Margrot reaccionó rápido. Siempre lo hacía.
—Jeremy, yo solo… —intentó sonreír—. No sabía que ella estaría aquí. Fue una confusión.
Jeremy se detuvo frente a ellas.
Demasiado cerca.
Su presencia era abrumadora. No necesitaba tocar. No necesitaba gritar. El poder emanaba de él como una advertencia constante.
—¿Y por qué mi esposa no podría estar aquí? —preguntó, con frialdad quirúrgica.
Margrot abrió la boca… y no encontró respuesta inmediata.
—Este es mi edificio —continuó Jeremy—. Mi empresa. Mi espacio. Y tú —clavó los ojos en ella— no tienes absolutamente ninguna autoridad para decidir quién pertenece y quién no. Es más ¿Qué estás haciendo tú aquí?
Diana permanecía en silencio.
Observando.
Registrando.
El comportamiento de Jeremy era… extraño.
No protector en el sentido romántico.
Era territorial.
Como si alguien hubiera cruzado un límite que solo él tenía derecho a cruzar.
—No quise ofenderla —dijo Margrot finalmente—. Solo me sorprendió verla aquí, después de todo lo que se dijo.
Jeremy dio un paso más.
Margrot retrocedió apenas.
—Lo que se diga —respondió Jeremy— no es asunto tuyo. Ni ahora. Ni nunca.
El pasillo parecía haberse reducido.
Los empleados que pasaban a lo lejos fingían no ver nada, pero nadie era ajeno a la escena. Jeremy Ambrosetti rara vez exponía algo personal en su empresa. Y cuando lo hacía, era porque algo serio estaba ocurriendo.
—Te sugiero —añadió— que recuerdes cuál es tu lugar en mi vida, Margrot. Porque no es este. Y no es ella.
Silencio.
Margrot apretó los labios.
—Entiendo —dijo, con rigidez—. Solo… quería saludar.
Jeremy no respondió.
No hacía falta.

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