Recibió una llamada de Yago. Quería invitarla a comer para agradecerle. Selena intentó negarse un par de veces, pero la insistencia de Yago fue tal que finalmente aceptó.
A las doce en punto, llegó al restaurante que Yago había reservado, ubicado en un edificio muy alto. Al entrar, se topó con una figura familiar.
—¡Leandro! —lo saludó con una sonrisa.
Leandro Castañeda le devolvió la sonrisa, con una mirada de admiración en sus ojos.
—Selena, de verdad que no dejas de sorprenderme. Mi padre me dijo que esta vez te llevaste todo el mérito.
—Fue un esfuerzo de todo el equipo, no me atrevería a atribuirme todo el crédito —respondió ella con modestia.
—No seas modesta. Lo que es tuyo, es tuyo —insistió Leandro.
Selena solo pudo sonreír.
—¿El señor Arias te invitó a ti también?
Leandro la guio a través del salón hasta un reservado. Abrió la puerta y vieron a Yago de pie junto a un gran ventanal, hablando por teléfono. Al oír el ruido, se dio la vuelta y los miró.
Yago terminó la llamada rápidamente y se acercó a saludarlos con una sonrisa.
—Selena, Leandro, ya llegaron.
—Sí. ¿Invitaste a alguien más? —preguntó Leandro.
Yago negó con la cabeza.
—Solo nosotros tres.
Leandro pareció sorprendido.
—¿Ah, sí? ¿Solo a Selena y a mí?
—Adrián, ya que nos encontramos, comamos juntos. Originalmente, quería platicar con tu esposa y con el señor Gamboa sobre la investigación del medicamento.
Adrián desvió la mirada hacia Selena con indiferencia y se sentó. Jazmín también tomó una silla y se sentó al otro lado de Adrián, con total naturalidad.
—Entonces pediré algunos platillos más —dijo Leandro con una expresión incómoda, y salió.
Adrián preguntó por el estado del señor Arias, y Yago le informó con detalle. El rostro de Jazmín no era el mejor; su sonrisa era forzada. Esta vez, había querido usar la situación para mejorar la reputación de su empresa, pero Selena la había superado de nuevo, demostrando una vez más que no estaba a su altura. Afortunadamente, Jazmín siempre mantenía una actitud de humildad y ganas de aprender, por lo que nadie la culparía.
Leandro regresó y el almuerzo comenzó oficialmente. Jazmín, como de costumbre, se mostró muy activa, iniciando varias conversaciones. Sin embargo, en todos los temas que tocó, evitó mencionar el matrimonio de Adrián y Selena. Era como si, para ella, no fueran esposos, sino simples conocidos, algo que no afectaba en lo más mínimo su estado de ánimo.
Leandro no pudo soportarlo más. Al recordar a la niña con dos coletas que había conocido en su infancia, que no era otra que Selena, un instinto protector surgió en él. Al ver a Jazmín actuar con tanta familiaridad con Adrián, dijo en voz baja:
—Jazmín, ya no eres una niña. Deberías empezar a buscar novio.
La tensión en la mesa se hizo palpable al instante.

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