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La Esposa Invisible que Dejaste Ir romance Capítulo 109

—¿Qué? —Adrián creyó haber oído mal.

Úrsula abrió los ojos y, mirándolo fijamente, repitió:

—Cuando se divorcien, no le disputes la custodia de Fer. Te lo pido como un favor.

—¿De verdad eres mi madre? —Adrián se quedó paralizado. La custodia por la que tanto había luchado, su madre la estaba entregando en bandeja de plata.

—Yo también soy madre y sé lo importante que es un hijo para una mujer. Si le quitas a Fer, ¿cómo va a soportar Selena el resto de su vida? —dijo Úrsula con la voz quebrada.

—Mamá, ¿y yo? ¿Has pensado en mí...?

—Tú puedes volver a casarte, tener más hijos. Si quieres tener diez, no me importa. Pero Selena no lo hará. La conozco, para ella solo existirá Fer —dijo Úrsula, secándose una lágrima—. Aún tienes tiempo para pensarlo antes de que se divorcien. Si quieres que Fer se quede con la familia Rojas, entonces reflexiona si de verdad has sido un esposo responsable.

Adrián se quedó inmóvil, como si le hubiera caído un rayo.

—Mamá, ¿por qué la favoreces tanto? —preguntó, enfadado.

Úrsula respiró profundamente antes de revelar una verdad que había ocultado.

—El padre de Selena salvó la vida de tu abuelo. Le debo un favor.

Adrián frunció el ceño. Así que era para pagar una deuda. Pero una cosa era pagar una deuda y otra muy distinta era regalar a su propio nieto. No le parecía justo.

—Mamá, te prometo que, antes del divorcio, intentaré llevarme bien con ella. Pero no renunciaré a mi hijo tan fácilmente —dijo Adrián. Se dio la vuelta, cerró la puerta con fuerza y bajó las escaleras.

Abajo, Selena jugaba a la pelota con su hijo en el patio. El pequeño no paraba de reír. Adrián se detuvo en la puerta de la sala, con las manos en la cintura, observándolos. Las palabras de su madre resonaban en su cabeza, y una ola de resentimiento lo invadió. Estaba convencido de que Selena había usado alguna artimaña para ganarse el corazón de su madre.

—Selena, solo una vez... —le pidió Adrián con voz ronca.

¡Bof!

Una bofetada resonó en el silencio de la noche, aguda y penetrante. El fuego que ardía en Adrián se extinguió de golpe, como si le hubieran echado un balde de agua helada. Una tormenta de ira se gestó en sus ojos y se desató sobre ella.

Selena respiraba con dificultad, el pecho subiéndole y bajándole violentamente. ¿Cómo se atrevía a pensar que ella tendría intimidad con un hombre tan sucio?

Adrián vio la expresión de asco en su rostro y la ira que sentía se disipó. Se dio la vuelta, regresó a su habitación y cerró la puerta con un portazo.

Selena respiró aliviada. Volvió a su cuarto y echó el cerrojo. Al menos esa noche, la pasó en paz.

A la mañana siguiente, Selena llevó a su hijo al colegio y luego decidió quedarse en casa descansando y leyendo.

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