—Leandro, no te preocupes —dijo Selena de inmediato—. Yo misma puedo ir a comprar otras.
—No, no, fue mi culpa. Debí haber puesto más atención al manejar —insistió Leandro, con expresión de remordimiento.
Adrián, sin embargo, sonrió.
—De verdad que no es necesario. Deja que Selena se encargue, le encanta andar moviendo sus plantas y flores.
Leandro la miró. Su rostro, pálido y debilitado, tenía una belleza frágil y enfermiza.
—Selena, ¿cómo te sientes? ¿No deberías ir al hospital para una revisión? —preguntó con genuina preocupación.
Ella negó con la cabeza.
—No es para tanto, solo necesito descansar bien.
Adrián entrecerró los ojos, clavándolos en ella.
—Me parece que todavía no me has contado cómo te hiciste esa herida.
Antes, Selena no recordaba la causa, pero tras el desmayo en el hospital, los terribles recuerdos habían vuelto.
—Fue una venganza planeada por unos tipos. Tuve suerte, solo salí herida —dijo, restándole importancia.
La expresión de Leandro se tornó seria.
—¿Quiénes eran? ¿Recuerdas sus caras?
Selena frunció el ceño, intentando recordar los rostros de aquellos hombres, pero el esfuerzo le provocó un dolor punzante en la cabeza. Su rostro palideció, y Leandro notó su malestar al instante.
—Parece que el golpe en la cabeza te hizo perder parte de la memoria. Si no puedes recordarlo, no te fuerces.
Ella asintió.
—Está bien. Cuando lo recuerde, los encontraré.
—Leandro, pasa a tomar un café —dijo Adrián, asumiendo su papel de anfitrión con una sonrisa.
Leandro lo siguió al salón, donde Adrián se dispuso a preparar el café personalmente. Justo en ese momento, su celular sonó.
—Es Yago —dijo al ver la pantalla.
La expresión de Adrián era indescifrable. Por primera vez, pensó que las manos de Selena eran casi milagrosas, capaces de arrebatarle vidas a la misma muerte.
—Bueno, es parte de su trabajo. Son demasiado amables —dijo con una sonrisa.
—Señor Castañeda, usted también está aquí —saludó Yago a Leandro con un gesto.
Leandro había regresado del extranjero hacía poco y conoció a Yago a través de Adrián, por lo que su relación no era muy cercana y el trato era formal.
—Vine en nombre del instituto de investigación para ver cómo seguía Selena —respondió Leandro sonriendo.
Adrián sirvió dos tazas de café y las colocó frente a ellos. Justo entonces, Selena bajó del segundo piso. Se sorprendió al ver a Yago y se acercó.
Yago la observó detenidamente y, al ver que parecía estar bien, se sintió aliviado.
—Señor Arias, qué sorpresa. Le diré a la empleada que prepare dos platillos más —dijo Selena en voz baja.
—Muchas gracias —respondió Yago amablemente.
Los tres hombres se sentaron en el salón contiguo, bebiendo café y platicando de trabajo, mientras Selena, con una inusual calma, se unió a la empleada en la cocina para ayudar con los preparativos del almuerzo.

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