—Si quiere el divorcio, ve a hablar con tu suegra. Ella te adora, te trata como a su propia hija —le aconsejó Cecilia.
—Mi suegra es una buena mujer y me quiere, es cierto, pero no es mi madre. Cuando los intereses de su hijo estén en juego, siempre se pondrá de su lado —respondió Selena. No era tan ingenua como para creer que su suegra la apoyaría incondicionalmente.
—Vaya, así que al final todo depende de ti —dijo Cecilia con desánimo—. Selena, prepárate para una larga batalla.
—Sí, ya estoy lista —afirmó Selena, con una determinación inquebrantable en su mirada.
...
Después de almorzar, las dos amigas decidieron ir de compras. Y, por una de esas casualidades del destino, en una tienda de lujo se toparon de nuevo con los Torres. Jazmín estaba mirando ropa de hombre.
Cecilia también buscaba una camisa para su novio, y resultó que Jazmín estaba en la misma sección.
—Prima, ¡qué coincidencia! ¿Ustedes también vinieron de compras? —saludó Jazmín con una sonrisa forzada. El insulto de antes, cuando la llamaron "mosca", lo había guardado en su lista mental de agravios.
Selena la ignoró y le dijo a Cecilia:
—Ve a buscar lo que necesites.
Cecilia, haciendo caso omiso de los Torres, comenzó a mirar la ropa. Jazmín, al ver la actitud fría de Selena, decidió no insistir. Sin embargo, cuando la vendedora se le acercó, habló en voz alta a propósito.
—¿Tiene camisas para un hombre de unos veintiocho o veintinueve años? Gris o blanca, cualquiera de las dos estaría bien.
La abuela y la madre de Jazmín estaban sentadas en un sillón cercano, observando a Selena con frialdad. Selena, por su parte, no les prestó atención y se concentró en su celular.
Jazmín y la vendedora continuaron hablando sobre la ropa.
—Me llevo esta gris y esta negra. A él le gustan los colores oscuros —dijo Jazmín, asegurándose de que Selena la escuchara.
Un nudo se formó en el estómago de Selena. Un recuerdo vino a su mente: la camisa blanca que ella había planchado con tanto esmero, arrojada en un sofá, mientras él decía con indiferencia: "Me gustan los colores oscuros, el blanco no me va".
Apretó los puños. Soportar estas provocaciones requería una fortaleza inmensa.
—Jazmín, ¿ya escogiste? —preguntó la señora Torres, acercándose—. ¿Por qué no le compras también un cinturón o una corbata para que haga juego?
La señora Torres se rio.
—El gusto de mi hija nunca falla.
En ese momento, Cecilia, que ya había pagado su compra, se acercó.
—Selena, vámonos. Estas moscas son tan molestas que ni espantándolas se van —dijo con una mueca de asco.
—¿Ya tienes todo? —preguntó Selena, poniéndose de pie.
—Sí. —Y sin más, se fueron.
A Jazmín se le quitaron las ganas de seguir comprando. Ni siquiera se llevó las dos camisas que había escogido.
—¿Qué pasa, Jazmín? —le preguntó su abuela, notando su cambio de humor.

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