Los ojos de Jazmín brillaron con astucia.
—Abuela, mamá, ¿se dieron cuenta? A Selena le ha crecido la lengua.
La anciana y la señora Torres la miraron sin entender.
—Siempre ha tenido lengua, ¿no?
Jazmín suspiró, frustrada.
—Antes, ¿cómo era? Sencilla, sin sabor, como el agua. Si alguien la provocaba, se limitaba a darse la vuelta y marcharse. No discutía, no se quejaba, no respondía. Todos la veían como una mujer aburrida, sin gracia, casi invisible.
Con esa explicación, finalmente entendieron a qué se refería.
—Desde que murieron sus padres se volvió así, tan distante —comentó la abuela con desdén—. Yo hasta pensé que se iba a meter a monja.
Jazmín se mordió el dedo, inquieta.
—Ahora su carácter es diferente. Sus palabras son afiladas. Si queremos enfrentarla, tendremos que cambiar de estrategia —murmuró para sí misma.
—Jazmín, si no se quiere divorciar es porque no le conviene —dijo la señora Torres con sorna.
—Una mujer de clase media que se casa con un millonario… tendría que estar loca para querer divorciarse —añadió la abuela con un bufido.
—¿Y ahora qué hacemos? Si Selena se aferra a su puesto, ¿cómo te vas a casar tú? —preguntó la señora Torres, angustiada. Su hija era una belleza única, rebosante de talento. Casarla con alguien que no fuera un hombre del calibre de Adrián sería un desperdicio.
La abuela frunció el ceño, sin saber qué responder.
Pero Jazmín habló con calma.
—Abuela, mamá, no se preocupen. Tengo un plan. Solo les pido que no me estorben.
—Jazmín, ¿y la ropa de antes? ¿Por qué no la compraste? ¿No era para el señor Rojas? —preguntó la señora Torres con curiosidad.
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