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La Esposa Invisible que Dejaste Ir romance Capítulo 179

—Adrián, Selena, ¿qué hacen aquí? —La voz de Leandro los interrumpió.

Al verlo, la sonrisa de Selena se volvió genuina.

—Hay una camada de gatitos. Son una monada —dijo, señalando un rincón del jardín.

—Es verdad, qué lindos. No sabía que en casa de Yago había gatos —comentó Leandro, agachándose para acariciarlos.

Selena también se agachó y tomó a uno en brazos, meciéndolo suavemente.

—¿Te gustan los gatos, Selena? —preguntó Leandro.

Ella miró de reojo a Adrián.

—Él es alérgico al pelo de gato. No podemos tener uno en casa.

Adrián arqueó una ceja, como si se sintiera aludido.

—Podría pedirle a Yago que me regale uno. Así podrías venir a mi casa a jugar con él. Le enseñaré a dar volteretas —dijo Leandro, muy serio.

La ceja de Adrián se quedó congelada en el aire. Miró a Selena con una expresión indescifrable.

—Claro. Si a Leandro le gustan, podría tener uno —respondió ella.

El rostro de Adrián se ensombreció.

—Antes tenía uno en casa. Murió de viejo cuando yo tenía trece años. Siempre he querido tener otro —dijo Leandro, pensativo.

—¿Y por qué no te quedas con este? Parece muy tranquilo —sugirió Selena, señalando al que tenía en brazos.

—De acuerdo, me lo quedo. Después de la cena, le pediré a Yago que me lo regale. —Leandro le acarició la cabeza al gatito.

Adrián, al darse cuenta de que Selena lo había hecho a propósito, soltó un bufido y se marchó.

...

Jazmín llevaba una curita en forma de corazón en el dedo, bastante llamativa. El vicepresidente Arias levantó su copa para agradecer a los invitados su presencia. El ambiente era festivo. La señora Arias le quitó la copa a su esposo después de medio trago y se la cambió por una de té.

Virginia no podía apartar la vista de Leandro. Con su traje formal, se veía más apuesto y encantador que nunca. Se acercó a él y se sentó a su lado.

Selena seguía junto a Adrián, interpretando su papel de esposa. Cuando Yago se acercó a su mesa para brindar, Selena tomó su copa de vino, pensando en qué decir. De repente, una mano le arrebató la copa y se la cambió por una de té. Miró a Adrián, extrañada.

—Estás en tus días. No bebas —le susurró él al oído.

—No pasa nada por media copa.

Dejó el té y volvió a tomar el vino. La mirada de Adrián se endureció. Ya no le hacía caso.

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