Antes, si él le pedía que no bebiera, ella dejaba la copa sin dudar.
Jazmín, sentada en la misma mesa, observaba la escena de los susurros entre la pareja. Sentía como si la estuvieran quemando a fuego lento. Celos, dolor, rabia, impotencia, humillación. El mismo hombre que hacía un momento se preocupaba por su dedo herido, ahora compartía confidencias con su esposa.
Yago, mientras tanto, intercambiaba cumplidos con los invitados, pero su mirada se desviaba una y otra vez hacia Selena. No sabía cuándo había empezado, pero no podía evitar fijarse en ella. No era la mujer más guapa de la fiesta, pero cada uno de sus gestos lo cautivaba.
...
La velada transcurrió sin contratiempos. Cerca del final, Leandro se acercó a Yago para recordarle lo del gatito.
—Estaba preocupado por no encontrarles un hogar. Elige el que más te guste y llévatelo —respondió Yago con una sonrisa.
—No puedo aceptarlo como un regalo. Tengo que comprártelo —dijo Leandro, sacando quinientos pesos del bolsillo.
—Es demasiado.
—No, para nada. Me encanta ese gatito. —Leandro se dirigió a la terraza para recogerlo.
Virginia lo siguió y lo observó mientras él, con sumo cuidado, acunaba al gatito en sus brazos.
—Señor Castañeda, ¿le gustan los gatos?
—Sí, se lo he comprado a tu hermano —respondió Leandro, sonriendo.
El gatito, asustado al principio, se relajó al sentir el calor de sus manos. Virginia, en ese momento, envidió al animal.
—¿Ya le ha puesto nombre? A mí también me encantan los gatos —dijo, aunque en realidad no tenía ni idea de que la gata de su hermano había tenido crías.
—Todavía no. Ya pensaré en un nombre cuando llegue a casa.
—Qué suerte tienes, pequeño. Has encontrado a un dueño muy guapo —dijo Virginia, acariciando al gatito—. Ojalá yo tuviera la misma suerte.
—¿Acaso tiene algún problema, señorita Arias? —preguntó Leandro.


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