¿Lo habían llamado para revisar las grabaciones?
Al instante, Jazmín supo lo que tenía que hacer. Se dio una ducha rápida y se puso un conjunto de ropa limpia que encontró en el armario. Era de Selena, y llevarlo puesto le producía una extraña sensación de superioridad.
Bajó corriendo las escaleras. En la sala solo estaban la abuela y Úrsula.
La anciana tenía una expresión sombría y le decía a Úrsula:
—Esa malcriada de Selena, ¿cómo pudo hacer algo tan ruin? La parte más profunda del estanque tiene tres metros. La señorita Torres no sabe nadar, y ella deliberadamente la…
—¡Abuela, no fue así, no malinterprete a mi prima! —interrumpió Jazmín, llegando a su lado—. Fui yo la que perdió el equilibrio. Había musgo en una de las piedras y resbalé.
La abuela la miró, desconcertada.
—¿Estás segura?
—Sí, es verdad —afirmó Jazmín con total seriedad—. Yo quería ayudar a mi prima a salir. Ni siquiera me tocó; fui yo la que, por las prisas de ayudarla, me resbalé.
Úrsula soltó un suspiro de alivio.
—¿Ves, mamá? Te lo dije. Selena es una buena chica, jamás lastimaría a nadie a propósito.
La abuela se convenció con las palabras de Jazmín. Su semblante se suavizó y la miró con aprobación.
Alguna vez intentó hablar con Adrián, pero él nunca le dio importancia. La consideraba frágil, dramática. Poco a poco, dejó de verlo como un refugio. Ahora, él solo tenía ojos para defender y consolar a la mujer que amaba.
No supo cuánto tiempo pasó, pero cuando intentó moverse, sintió el cuerpo entumecido. Se apoyó en la pared para intentar levantarse, pero las piernas, dormidas por haber estado tanto tiempo en la misma posición, no le respondieron. Se tambaleó y volvió a caer al suelo.
Quería ser fuerte, pero no podía. La tristeza y la impotencia la inundaron como una marea imparable. Se desplomó en el suelo, incapaz de contener por más tiempo la desolación que anidaba en lo más profundo de su ser.
—Selena…
La puerta del baño se abrió de golpe.

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