Entró directamente a su oficina, y un instante después, salió y reunió a la docena de miembros de su equipo.
—Acaba de desaparecer algo muy importante. ¿Alguien entró a mi oficina? —preguntó con una calma que helaba la sangre.
Todos se miraron entre sí, confundidos.
El rostro de Lidia se tornó pálido como el papel. Un sudor frío le recorrió la espalda. ¿Cómo era posible? ¿Tan rápido se había dado cuenta Selena de que faltaba la carpeta? Por lo que había observado, Selena nunca abría ese cajón.
—Jefa, ¿es algo grave? ¿Llamamos a la policía? —sugirió alguien.
—Sí, deberíamos llamar. Hubo un apagón, ¿y si entró un ladrón?
La mirada de Selena pasó fugazmente sobre Lidia, su expresión era impenetrable.
—Ya llamé a la policía. Vienen en camino. Claro que, si alguien decide devolver lo que tomó ahora mismo, no presentaré cargos.
Lidia entró en pánico. ¿Por qué Selena hacía tanto escándalo? ¿Llamar a la policía tan rápido? El corazón le latía desbocado, pero se obligó a mantener la compostura. Si Selena estaba buscando de esta manera, seguramente no sabía quién había sido. Si ella negaba todo, nadie se atrevería a revisar su bolso. La policía tardaría en investigar, y para entonces, ya habría copiado todo y podría deshacerse de la carpeta.
Selena esperaba que Lidia aprovechara la oportunidad para confesar. Al ver que no reaccionaba, no dijo nada más.
Una hora después, llegó la policía. Selena les proporcionó la evidencia que tenía. Un oficial, Fabián Castañeda, comenzó a escanear el laboratorio con un dispositivo de rastreo.
De repente, un pitido agudo y estridente sonó, proveniente del costoso bolso de Louis Vuitton de Lidia.
Todas las miradas se clavaron en él.
Lidia sintió que las piernas le fallaban. Retrocedió un paso, mirando a Selena con puro veneno en los ojos. La había engañado.


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