Adrián ignoró su sarcasmo y simplemente asintió hacia Gonzalo. Este, sin molestarse en dirigirle la palabra, se encaminó hacia su propio carro. Selena también lo trató como si fuera invisible y se dirigió al suyo.
—Selena, espera un momento —dijo Adrián, adelantándose para sujetarla por el brazo—. Tengo que hablar contigo.
A Selena le desagradaba su contacto; quién sabía dónde habría estado esa mano que ahora la tocaba, quizás en alguna parte de Jazmín. Se resistió y se soltó.
—Si tienes algo que decir, espera a que lleguemos a casa.
—No, tiene que ser ahora —insistió Adrián, intentando agarrarla de nuevo.
—¡No me toques! —le espetó ella, irritada—. Si quieres decir algo, dilo ya.
Adrián miró a la gente que salía del laboratorio y bajó la voz.
—¿Podemos hablar en el carro?
—Lo siento, estoy cansada y solo quiero ir a casa —respondió Selena, mirándolo con frialdad.
—De acuerdo, entonces hablaremos en casa —dijo Adrián, cediendo ante su resistencia y la presencia de tanta gente.
...
Finalmente, llegó a la villa. El patio estaba encharcado. Las luces de la casa estaban apagadas; su tía y el niño ya dormían. Bajó del carro en silencio y vio llegar el Bentley negro. Frunció el ceño y, para no despertarlos, se dirigió al garaje.
Adrián estacionó, abrió la puerta y vio a la mujer esperándolo tranquilamente, apoyada contra la pared. En ese momento, una emoción indescriptible lo invadió. Si aquella noche había sido un plan de su madre, ¿cuánto dolor le habría causado a ella durante estos cuatro años?
Tenía la mente hecha un lío. Tantas palabras atascadas en la garganta, y de repente, no sabía por dónde empezar.
Selena lo miró. Su imponente figura recortada contra las luces del garaje. Ella, irguiendo ligeramente la barbilla, se preparó para la tormenta.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Esposa Invisible que Dejaste Ir