—No me importa qué tipo de relación tengas con ella. No me meteré más, ni me opondré. Adrián, de verdad estoy cansada. Solo quiero terminar de una vez con este matrimonio tóxico —dijo Selena, que ya no quería seguir fingiendo. Solo quería una buena solución.
Adrián, al ver que ella sacaba a relucir el divorcio en ese momento para provocarlo, se enfadó.
—No me divorcio —espetó.
Selena lo vio dirigirse a grandes zancadas hacia el ascensor. Se quedó paralizada un segundo y luego lo siguió.
—¿Qué has dicho? —pensó que había oído mal.
—He dicho que no me divorcio. Nuestro matrimonio es muy sano —dijo Adrián, con la voz ahogada, mientras miraba los números que subían.
—Adrián, ¿puedes dejar de ser tan irracional? ¡Tú no me amas! —dijo Selena, que ya no sabía qué hacer con él. Era detestable.
—Antes te odiaba por un malentendido, por eso siempre te cuestionaba —la miró Adrián—. Ahora, de repente, me doy cuenta de que eres una buena esposa. Eres guapa, y también muy dulce. Quiero conocerte de nuevo.
Selena sintió un escalofrío, como si la hubieran metido en un congelador. Cuando su corazón estaba hecho pedazos, el hombre que la despreciaba y la había abandonado, decía que quería conocerla de nuevo. ¿Qué se creía que era ella? ¿Una muñeca? ¿Que la tiraba cuando le apetecía y la recogía cuando le daba la gana?
—Adrián, no te vuelvas loco. Ya no te amo —dijo Selena con frialdad, para pinchar su burbuja.
—Selena, ¿de verdad ya no me amas? No te creo —dijo Adrián, divertido, mientras salía del ascensor.
—Adrián, no seas tan arrogante —dijo Selena, interponiéndose en su camino.
Adrián se detuvo y, de repente, le rozó el lóbulo de la oreja con los dedos, un gesto ambiguo.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Esposa Invisible que Dejaste Ir