Jazmín sintió un frío recorrerle el cuerpo al ser atravesada por la mirada autoritaria y gélida del hombre que tenía enfrente. El pánico le drenó el color del rostro.
En ese momento, lo único que podía hacer era negarlo hasta la muerte.
—No es cierto, ¿cómo podría yo hacer algo tan malvado? Eso no tiene nada que ver conmigo —dijo Jazmín, mordiéndose el labio y negando con la cabeza sin parar.
—Entonces dame el nombre del proveedor. Me voy a asegurar de que pague por esto —exigió Adrián con frialdad. Solo de pensar que su brillante hijo pudiera sufrir alguna secuela por culpa de las hormonas, le daban ganas de matar a alguien.
—Yo… eso fue hace mucho tiempo, ya no me acuerdo quién era —dijo Jazmín, sin otra opción más que hacerse la tonta.
—Como sea. Jazmín, nuestra deuda está saldada, pero a partir de ahora, no te vuelvas a acercar a mi hijo. Es una exigencia de Selena —dijo Adrián antes de darse la vuelta y salir.
Jazmín observó la espalda del hombre mientras se alejaba furioso, sintiendo el corazón temblar de rabia y resentimiento.
«Selena… ¿por qué siempre tienes que ser tú?». En ese momento, Jazmín sentía que se iba a volver loca. Selena, la misma que la había opacado en todo desde que eran niñas, ahora, incluso en el amor, seguía llevándole la delantera.
Jazmín corrió tras él, intentando explicar algo, pero la puerta de la oficina de Adrián ya se había cerrado de golpe.
Desde adentro se escuchó la risa de un niño. Fer estaba ahí. Por eso Adrián la había enviado a la sala de descanso.
Quizá, en el fondo de su corazón, ya la veía como una mala mujer.
«Maldita sea…». Jazmín se arrepentía amargamente. Después de tanto cuidarse y mantener su imagen, al final, por un poco de cereal para bebé, había destruido la buena impresión que Adrián tenía de ella.
***
Poco después de las siete, Selena recibió una llamada de su hijo. El pequeño le rogaba que cenaran juntos y le pedía que saliera temprano del trabajo.
Selena vio que ya casi terminaba sus pendientes y, ante la vocecita suplicante de su hijo, aceptó ir a recogerlo.
Apenas salió por la puerta, se encontró de frente con Leandro Castañeda.
—Leandro —dijo Selena, con una sonrisa de alegría al verlo.
Leandro, vestido con un traje de negocios que le daba un aire de éxito, la miró con sus ojos claros y le preguntó en voz baja:
—¿Ya vas de salida?
—Sí, Fer quiere que lo lleve a cenar —respondió Selena con sinceridad.
—Qué casualidad, yo tampoco he comido. ¿Crees que podría ir con ustedes? —preguntó Leandro, mirándola con expectación.
Selena pensó que cenar solo ella y su hijo sería un poco aburrido. Si Leandro quería acompañarlos, no veía por qué no.

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