Selena nunca se hubiera imaginado que su cuñada, con la que antes competía y discutía, sería al final la que más la extrañaría. La vida, a veces, parecía escribir sus guiones al revés.
Estacionó el carro y entró a la sala de la mano de su hijo.
Manuela se acercó rápidamente.
—Señora, ya regresó. Preparé la cena y le he estado diciendo al señor que baje a comer, pero no ha bajado. ¿Podría subir a ver qué pasa?
Selena se quedó perpleja. ¿Qué tenía que ver ella con que Adrián no comiera?
Aunque quería ser indiferente, le dijo a su hijo:
—Fer, sube a ver a tu papá y dile que baje a cenar.
Fer subió corriendo las escaleras, gritando a todo pulmón:
—¡Papá, papá, mamá dice que bajes a cenar, ¿me oyes?!
Selena y Manuela se quedaron de piedra al oír los gritos del pequeño.
Especialmente Selena, pues las palabras de su hijo daban a entender que ella estaba preocupada por él.
Poco después, la imponente figura de Adrián apareció en lo alto de la escalera.
Llevaba a su hijo en brazos, una estampa de padre e hijo perfectos.
Selena los miró y, como iba a subir, se hizo a un lado para que bajaran primero.
La mirada profunda de Adrián se posó en el rostro de Selena.
—Pensé que ya no te importaba —le dijo.
Selena no respondió.
Ella, en realidad, no se había metido.
—Hijo, ¿ya comiste? Acompaña a papá a cenar —le dijo Adrián a Fer con una sonrisa.
Fer asintió.
—Sí, me quedaré con papá.
Selena se dio la vuelta y subió las escaleras.
Pero cuanto más lo pensaba, más se molestaba. Recordó que, cuando se divorciaron, Adrián había dicho claramente que no volvería a vivir allí. Sin embargo, en los días que habían pasado desde entonces, había estado allí todas las noches.
No tenía palabra. De ahora en adelante, no volvería a creerle nada.
Después de cenar, Adrián subió con su hijo en brazos.
Al pasar por la puerta de la habitación de Selena, la escuchó hablar por teléfono.
—Leandro, quiero mudarme lo antes posible. ¿Podrías contactar a tu amigo pronto? Me gustaría reunirme con el dueño cuanto antes.
—De acuerdo, te lo agradezco.
—Confío en ti. Mientras el precio no sea una locura, está bien.
—Perfecto, mañana hablamos.
Apenas colgó Selena, escuchó una voz masculina y fría detrás de ella.
—¿Te vas a mudar?
Selena se sobresaltó. Se dio la vuelta y vio al hombre apoyado en el marco de la puerta.
Pero Selena se rio con frialdad.
—No te estoy impidiendo que pases tiempo con él. Si tienes tiempo, puedes estar con él las veinticuatro horas del día. Pero con una condición: cumple con tu responsabilidad de padre y no pienses en dejarlo al cuidado de extraños.
Adrián se quedó perplejo. ¿Otra vez le estaba lanzando una indirecta sobre Jazmín?
—¡De acuerdo! —asintió Adrián—. De ahora en adelante, aparte de mi familia, no dejaré que nadie más se acerque al niño.
Selena se dio la vuelta para tomar su ropa e irse a bañar.
La autoridad de Adrián se desvaneció. Sintió que había perdido su lugar en la familia.
Y tenía sentido. Era como un templo que, una vez abandonado por sus fieles, solo queda cubierto de maleza. ¿Quién seguiría venerándolo incondicionalmente?
—Papá, ¿qué les pasa a ti y a mamá? ¿Por qué se la pasan peleando? —preguntó Fer, frunciendo el ceño, con carita de tristeza.
Adrián se inclinó y besó la frente de su hijo.
—Está bien, papá te promete que ya no peleará con mamá. Papá solo los cuidará y los querrá mucho a ti y a mamá, ¿de acuerdo?
—¡Sí! —dijo Fer, recuperando la alegría.
Cuando Selena salió del baño, Adrián se acercó y le dijo:
—Esta noche Fer duerme conmigo. Yo lo baño.
Selena no dijo nada, simplemente se secó el pelo medio húmedo con una toalla.
Apenas entró Adrián a su habitación, sonó su celular. Al contestar, una voz masculina y angustiada le dijo:
—Adri, ven rápido al hospital. Jazmín está inconsciente, tuvo una intoxicación por alcohol.

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