Un momento después, Jazmín bajó del carro, cargada con bolsas de regalos.
Renata, sorprendida, se levantó de inmediato para recibirla.
—Señorita Torres, ¿qué hace usted aquí?
—La abuela me invitó a cenar —respondió Jazmín con una sonrisa—. Renata, ¿podrías pedirle a alguien que me ayude a bajar unas cosas del carro? Traje bastantes regalos.
Renata no tardó en dar la orden.
Miró de reojo a Selena, que estaba sentada no muy lejos, y sintió una punzada de inquietud. Últimamente, Jazmín visitaba a la familia Rojas con demasiada frecuencia. Además, la familia acababa de invertir una fortuna en la empresa de los Torres, y ahora, con la excusa del trabajo, Jazmín y Adrián pasaban mucho tiempo juntos.
Renata sintió un escalofrío. Empezaba a atar cabos.
—Renata, mi carro está estorbando. ¿Podrías pedirle a alguien que lo mueva? —dijo Jazmín, con la misma sonrisa encantadora.
Renata volvió en sí. «¿Y tú quién te crees para darme órdenes?», pensó.
Sintió cómo Jazmín le ponía las llaves del carro en la mano, sin darle oportunidad de negarse.
Renata tragó su ira. Ni siquiera Selena, su cuñada, se había atrevido a tratarla así. ¿Quién se creía que era Jazmín Torres?
A pesar de su molestia, hizo que alguien moviera el carro.
...
Jazmín subió primero a saludar a la abuela y luego bajó. Saludó a todos los conocidos, proyectando una imagen de elegancia y simpatía que le ganó la aprobación de muchos.
Finalmente, tomó una silla y se sentó junto a Adrián, observándolo jugar a las cartas.
Adrián, que ya empezaba a aburrirse, le cedió su asiento.
—Juega por mí.
—Adri, no puedo. Soy malísima en las cartas —dijo Jazmín, fingiendo modestia. En realidad, como genio de las ciencias, contar cartas era su especialidad.
—Voy a fumar un cigarro —anunció Adrián.
Jazmín ocupó su lugar y sonrió con falsa timidez a los tíos que jugaban.
—Bueno, haré lo que pueda. Por favor, señores, no sean muy duros conmigo.
Adrián había perdido varias rondas por distracción. En cuanto Jazmín tomó las riendas, arrasó con todos, recuperando rápidamente las pérdidas de Adrián.
...
Selena estaba sentada en una mesa en la terraza, vigilando a Fer mientras jugaba con los otros niños.
—Cuñada, ¿por qué no vas a jugar con tu esposo? Recuerdo que antes eras muy buena.
—Ya no me apetece jugar —respondió Selena con una sonrisa forzada.
—¿Ah, no? Porque si tú no juegas, la señorita Torres parece estar pasándoselo muy bien —comentó Renata, todavía molesta por el incidente del carro. En esa casa, solo quienes estaban por encima de ella en jerarquía podían darle órdenes. Ni siquiera su esposo, Pedro, se atrevía. Y ahora, una extraña la había tratado como a una empleada.
Selena miró hacia adentro y vio a Jazmín, tras ganar una mano, sonreírle a Adrián. Él le devolvió una sonrisa suave, casi cómplice, mientras le decía algo al oído.
—Zorra, vino a meterse hasta nuestra casa —murmuró Renata, incapaz de contenerse.
Selena se sorprendió. ¿Por qué Renata reaccionaba con más intensidad que ella? Quizás era cierto lo que decían: las mujeres casadas odiaban a las que se metían en matrimonios ajenos.
—Cuñada, ve a jugar. No le dejes el campo libre a una extraña —la animó Renata.
—No tengo ganas —repitió Selena, con una calma que exasperaba a Renata.
—Pero...
En ese preciso instante, Jazmín se levantó para tomar una carta, pero su tacón se torció. Perdió el equilibrio y, con un grito ahogado, cayó sobre las piernas de Adrián.
Se levantó de inmediato, roja de vergüenza. Las miradas de los hombres en la mesa lo decían todo.
Adrián, de manera intencionada o no, miró hacia la terraza.

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