La figura vestida de blanco ni siquiera se había girado.
Renata tuvo que volver a ocuparse de los preparativos de la cena. Selena se ofreció a ayudar.
—Cuñada, mejor no —la detuvo Renata—. ¿Por qué no vas a ver si tu esposo necesita algo? Yo me encargo de esto.
Selena se quedó perpleja. Renata actuaba de una forma muy extraña ese día.
Aunque no podía ser de gran ayuda, Selena se levantó y caminó hacia donde estaba Adrián.
Él la vio acercarse por el rabillo del ojo y su expresión se tensó.
—Ve a vigilar a Fer, yo ayudaré con la cena.
Adrián había pensado que le diría algo importante, pero solo era para pedirle que cuidara al niño.
—Adri, déjame ir a mí —se ofreció Jazmín, levantándose al instante—. Ya me cansé de estar sentada, y a Fer le caigo bien.
—No es necesario —la cortó Selena con una frialdad que heló el ambiente—. Cada quien cuida a sus propios hijos.
La indirecta fue tan directa que no dejó lugar a dudas. Los presentes intercambiaron miradas, esperando el siguiente acto del drama.
Jazmín, que hasta hace un momento estaba disfrutando del juego, sintió la bofetada en pleno rostro. Se quedó allí, con una expresión de inocencia herida.
—Adri, entonces ve tú a cuidar a Fer —dijo Jazmín, mostrando su lado comprensivo.
—De acuerdo —respondió Adrián, levantándose para salir.
Selena se dio la vuelta y se dirigió a la cocina.
Jazmín, como si nada hubiera pasado, continuó jugando a las cartas.
...
Cuando la cena estuvo lista, la abuela bajó con los demás mayores.
—Abuela, debe estar cansada. Déjeme darle un masaje en los hombros —dijo Jazmín, acercándose a la anciana en cuanto la vio.
Sin esperar respuesta, se sentó detrás de ella y comenzó a masajearla con una técnica que parecía heredada de generaciones.
A la abuela le vino de maravilla. Después de pasar toda la tarde sentada, sus viejos huesos agradecían el alivio. La sinceridad y habilidad de Jazmín hicieron que, una vez más, la comparara con el témpano de hielo que era Selena.
Mirara por donde mirara, Selena no le llegaba a Jazmín ni a la suela del zapato.
Las otras ancianas presentes miraron con envidia. La abuela Rojas sonrió con orgullo y le dijo a Jazmín:
—Anda, dales un masaje también a estas amigas mías. En el futuro, podrían ser clientas tuyas.
Jazmín, encantada, se dedicó a atenderlas, ganándose la simpatía de todas.
...
En la cocina, Selena ayudaba a cortar fruta para las charolas, mientras Renata coordinaba todo.
Distraída por sus pensamientos, al pelar una manzana, se hizo un corte en el dedo.
—¡Ay! —exclamó.
Renata se dio cuenta de inmediato.
—Cuñada, deja eso. Estos trabajos no son para ti.
—Déjame vendarte —dijo Adrián, agachándose para tomar una gasa.
—No hace falta, con una curita es suficiente —respondió Selena, y con rapidez se la colocó.
Se levantó, guardó el botiquín y se dispuso a bajar con su hijo.
Pero en el pasillo, una mano grande le bloqueó el paso.
—Hoy tenemos muchos invitados, ¿qué berrinche es este? ¿Quieres que todos se rían de nosotros? —la voz de Adrián era grave, y su imponente figura la acorralaba con una presencia amenazante.
Selena se apartó un mechón de pelo de la cara y respondió con una risa gélida:
—Solo los que tienen algo que ocultar sienten que son el hazmerreír.
Adrián frunció el ceño.
—Si tienes algo que decir, dilo de una vez.
—No tengo nada que decir —afirmó ella, intentando apartarlo.
Pero Adrián la sujetó por los hombros y la inmovilizó contra la pared.
En ese instante, sintió un golpe en la pantorrilla.
—¡No molestes a mi mamá! ¡Suéltala!
El niño de dos años y medio lo enfrentaba con una furia que no tenía nada que envidiarle a la de Adrián. Después de patearlo con sus piernas cortas, puso las manos en la cintura y lo fulminó con sus grandes ojos oscuros.
—¡Dije que sueltes a mi mamá!

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