—¿Necesitas que vaya? —preguntó Adrián.
Una sonrisa dulce y segura iluminó el rostro de Jazmín.
—Primero hablaremos nosotros con él. Pero... Adri, aunque no logremos que se una a nuestro equipo, sería mejor que tú no te reúnas con él.
El semblante de Adrián cambió.
—¿Por qué?
—Bueno... —Jazmín vaciló, fingiendo incomodidad—. Resulta que mi prima, durante su estancia de investigación en el extranjero, tuvo un altercado con el doctor Velázquez en un congreso por un tema experimental.
—¿De verdad? —Adrián frunció el ceño.
—Sí. Un amigo me contó que la discusión fue bastante acalorada. Ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder.
El rostro de Adrián se ensombreció.
—¿Te preocupa que, por ser yo su esposo, el doctor Velázquez se muestre reacio?
—No es eso —negó Jazmín con dulzura—. Pero el doctor Velázquez tiene un carácter peculiar, y no podemos descartar esa posibilidad.
Adrián soltó un bufido casi imperceptible.
—Si es por culpa de ella, haré que se disculpe personalmente.
Jazmín sintió una oleada de triunfo, pero su rostro no lo delató.
—Adri, no la culpes. Mi prima siempre ha sido muy vehemente en el ámbito académico, es parte de su carácter.
—¿Vehemente? —arqueó una ceja Adrián.
Jazmín se tapó los labios rojos como si se le hubiera escapado algo.
—Uy, lo siento, Adri. Hablé de más.
—¿Escuchaste algo? —insistió Adrián.
—No... nadie me ha dicho nada. Mi prima es una persona muy brillante —dijo Jazmín, fingiendo nerviosismo.
—Déjate de hipocresías conmigo —la cortó Adrián con un tono de fastidio.
Jazmín bajó la voz.
—Fue una casualidad, escuché a unas personas que trabajaron para ella decir que es muy autoritaria y dominante. Que rechazaba todas sus propuestas y que al final nadie se atrevía a darle nuevas ideas...
—¡Así que era eso! —murmuró Adrián, apretando los dientes. ¿Era esa la razón por la que cuatro años de inversión se habían ido a la basura?
—Bueno, Adri, no me gusta hablar mal de la gente a sus espaldas. Esto solo te lo digo a ti, no vayas a reclamarle a mi prima —suplicó Jazmín.
—No lo haré —respondió Adrián con sequedad—. Si ese doctor Velázquez es un talento de primer nivel en física médica, lo contrataremos sin importar el costo.
—Sí, mi padre opina lo mismo. Tenemos que traerlo al equipo —dijo Jazmín con confianza—. No te preocupes, Adri. Fuimos compañeros de universidad, yo lo convenceré.
Ya era de madrugada.
Se escuchó el ruido de un carro llegando, pero Selena estaba tan concentrada que no le prestó atención.
Unos pasos firmes subieron por la escalera. Era Adrián, con el saco colgado del brazo, vestido con un chaleco negro y una camisa que acentuaban su aura de poder.
Primero fue a la habitación de invitados a ver a su hijo, que dormía plácidamente.
Luego, se dirigió al estudio. Vio a Selena, ya duchada, sentada frente a la computadora. Cuando ella notó su presencia, cerró la pantalla de golpe.
—¿Hay algo que no pueda ver? —preguntó él, con el rostro ensombrecido.
—Son solo apuntes académicos, no los entenderías —respondió ella con indiferencia.
Adrián sintió el menosprecio y soltó una risa burlona.
—¿Por qué no te quedaste más tiempo en la fiesta?
—Me quedé lo suficiente —respondió Selena, mirándolo extrañada.
Con esa frase, la conversación murió.
Adrián se apoyó en el marco de la puerta, observándola. Desde ese ángulo, se marcaba la línea elegante de su cuello y su atractiva nuez de Adán, que se movió de forma seductora al tragar saliva.
—Llevamos casi un año sin tener relaciones —le recordó.

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