—Sí, ya me dio algo —asintió Selena con una sonrisa forzada.
La mirada de Úrsula se detuvo en el rostro tenso de Selena.
—Selena, ¿está todo bien entre tú y Adri?
—No te preocupes, suegra. Todo está bien —respondió Selena, sobresaltada.
Úrsula llevaba tiempo preocupada. El matrimonio de su hijo mayor no había nacido del amor, sino más bien de un acuerdo de conveniencia. Ahora que la familia Rojas había absorbido el laboratorio del padre de Selena y la habían obligado a renunciar, sentía que se había abierto una grieta en una relación que ya de por sí era frágil.
—Selena, ¿qué planes tienes para el próximo año? —le preguntó Úrsula con interés.
—He decidido unirme a un nuevo laboratorio que se está formando, el Laboratorio SemillaViva.
—¿Esa empresa tiene futuro? —dudó Úrsula—. Si quieres, puedo pedirle a Adri que mueva algunos hilos para que entres en una institución de investigación del gobierno...
—No es necesario. Ya he decidido quedarme en SemillaViva —afirmó Selena con determinación.
Úrsula titubeó.
—Adri es tu esposo. Si necesitas algo, puedes pedírselo.
—Si lo necesito, lo haré —respondió Selena con indiferencia.
Una figura alta apareció detrás de ellas. Era Adrián, vestido con ropa casual que le daba un aire juvenil y atractivo.
—Hijo, ven, vamos a patear la pelota —dijo Adrián, levantando al niño y sentándolo sobre sus hombros anchos.
El pequeño rio a carcajadas.
—¡Mamá, estoy volando!
Selena observó al hombre y al niño dirigirse al campo de fútbol cercano, con el corazón hecho un nudo. La decisión del divorcio ya estaba tomada en su mente. Si no fuera por su hijo, no esperaría ni un segundo más.
—Se llevan muy bien. Adri quiere mucho a Fer —comentó Úrsula, sonriendo al ver a su hijo y a su nieto.
Selena no podía negarlo. Pero un hombre con una vida personal desordenada no podía amar a su hijo de todo corazón. Si lo hiciera, ¿cómo podría soportar destruir a su propia familia?
—Suegra, anoche no dormí bien. Me gustaría descansar un poco —dijo Selena en voz baja.
—Claro, ve. Te llamaré antes de la cena —respondió Úrsula con amabilidad.
...
Adrián miró por encima del hombro y vio a Selena regresar a la casa. Frunció el ceño.
El collar de zafiros que le había regalado la noche anterior, hoy no lo llevaba puesto.
¿Era una protesta silenciosa?
Úrsula miró hacia el campo de fútbol y luego hacia la silueta de Selena que desaparecía en la casa. Suspiró. ¿Acaso se había equivocado en lo que había planeado?
...
—¿No recibiste el regalo que te envié ayer?
Selena se levantó de la cama. Al tomar su abrigo, algo cayó de él.
Con un golpe seco, el envoltorio de papel se deshizo, revelando el zafiro azul.
Los ojos oscuros de Adrián se fijaron en la joya. Se acercó, se agachó y la recogió.
Quizás por el ángulo de la caída, uno de los diamantes que rodeaban el zafiro se había roto.
Al ver el diamante roto, el corazón de Selena dio un vuelco.
—Lo siento... no fue a propósito.
Sabiendo el precio de la joya, sintió una profunda culpa, como si hubiera dañado un tesoro.
El rostro de Adrián se ensombreció. Le había costado mucho conseguirlo, y ella lo había roto el primer día.
—¿El collar... tenía seguro? —preguntó Selena. Un artículo tan valioso normalmente lo tendría.
—No. Si ya se rompió, tíralo —respondió Adrián con una frialdad glacial.
—No... —dijo Selena sin pensar—. Dámelo.
Pero Adrián lo apretó en su puño y, sin dárselo, salió de la habitación.

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