—Mamá, se rompió... —dijo Fer, acercándose para recoger el pequeño trozo de diamante.
Selena lo tomó y lo apretó en la palma de su mano, sintiendo una oleada de cansancio.
Este matrimonio era como un hueso sin carne: una pena tirarlo, pero sin sabor al comerlo.
...
Durante la cena, Úrsula hizo que la empleada le sirviera un tazón de sopa a Adrián.
Él levantó la tapa, echó un vistazo y luego miró de reojo a Selena.
—Mamá, ¿qué excentricidad es esta? ¿Si me la como, me volveré inmortal? —preguntó con sarcasmo.
Pedro soltó una risita.
—Tómatela, cuñado. Después de que te la tomes, entenderás.
Úrsula, preocupada por su matrimonio, había ordenado esa noche que prepararan esa sopa reconstituyente con los ingredientes más preciados.
Renata pareció entender la situación y sonrió en silencio, mirando a Selena. Si su cuñado se tomaba esa sopa, esa noche la cama iba a temblar hasta desarmarse.
Selena fingió no entender y se dedicó a darle de comer a Fer.
—Mamá, no necesito esto —dijo Adrián, apartando el tazón.
—Úrsula —intervino la abuela—. Adri apenas tiene veintiocho años, está en la flor de la vida. ¿No crees que es un poco pronto para esto?
Pero Úrsula tenía sus propias ideas.
—Adri, no estoy bromeando. Tienes que bebértela —dijo con seriedad.
Adrián entrecerró los ojos y miró a Selena. ¿No sería idea suya otra vez?
Bajo la atenta mirada de su madre, Adrián se bebió la sopa hasta la última gota. Sintió un calor inmediato recorrerle todo el cuerpo.
...
Después de la cena, Úrsula tomó a Fer en brazos.
—Ustedes dos, váyanse a su casa. Fer se queda conmigo esta noche.
—Mamá, no puedes ser más obvia —dijo Adrián, exasperado.
—No tengo nada que ocultar —replicó Úrsula—. Espero que pronto nos den una parejita. Selena es tan guapa, si tuvieran una niña, seguro sería adorable.
Adrián miró a Selena. Ella permanecía impasible, como si el asunto no tuviera nada que ver con ella.
—Suegra, Fer se despierta por la noche. Déjame llevarlo a casa —dijo Selena, que no quería separarse de su hijo.
—Selena, déjalo conmigo. Vuelven pasado mañana. No te preocupes, lo cuidaré bien —insistió Úrsula, que también quería estrechar lazos con su nieto.
—Ya es tarde. Vamos a dormir.
—Dormí suficiente por la tarde, no tengo sueño —dijo Selena, tensa—. Enciende la televisión.
—No hay nadie en casa esta noche —dijo Adrián, arqueando una ceja y acercándose al sofá—. Quizás prefieras aquí...
Selena se sintió asqueada por su insinuación y se encogió en su asiento.
Adrián sentía un fuego ardiendo en su interior que necesitaba ser apagado. Un cuerpo joven y vigoroso, ya de por sí susceptible, y además con el efecto de la potente sopa de la cena. Sentía la boca seca y una necesidad imperiosa de moverse.
Selena, con un suéter blanco y el pelo suelto, parecía frágil en el sofá, con una expresión de pánico en su rostro.
Adrián se inclinó sobre ella, atrapándola con sus brazos fuertes.
—Selena, ha pasado mucho tiempo... —dijo, su mirada fija en el rostro delicado de ella, mientras imágenes de su pasión pasada inundaban su mente.
La respiración de Selena se cortó. Intentó huir.
Pero al segundo siguiente, el hombre le tomó la barbilla con un gesto provocador.
—Tranquila. Esta noche no te decepcionaré.
—¡Adrián, no me interesa! —exclamó Selena, asustada, apartando su mano de un manotazo.
Se levantó para irse a su habitación, pero él, enfurecido por su rechazo, la empujó de nuevo al sofá. Al instante siguiente, sus labios calientes se estrellaron contra los de ella en un beso dominante.

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