—Porque no y ya. El niño es nuestro, y debemos cuidarlo juntos —el argumento de Adrián era impecable.
—Estoy de acuerdo —asintió Selena—, pero ambos tenemos trabajo y el niño sale muy temprano de la escuela. Alguien tiene que recogerlo y cuidarlo a esa hora.
—Podemos contratar a una niñera profesional —replicó Adrián con indiferencia—. Incluso podría contratar a todo un equipo para que se dedique solo a él.
—No estoy de acuerdo —se negó Selena de inmediato.
—¿Acaso una niñera no es más profesional que tu tía? —insistió Adrián, frunciendo el ceño.
—Las niñeras son profesionales, pero tener a alguien de confianza a su lado me da más tranquilidad —expuso Selena su razón.
Adrián, cada vez más fastidiado, bajó la mirada hacia su hijo.
—Entonces, que Fer decida.
—Fer, ¿quieres que la tía abuela venga a cuidarte? —le preguntó Selena con dulzura.
El niño, mientras masticaba un trozo de carne, parpadeó con sus grandes ojos y asintió.
—Sí, quiero a la tía abuela.
Selena sintió un gran alivio y sonrió.
—Qué bueno eres, mi amor.
Adrián se sorprendió. ¿Por qué había aceptado?
—Hijo, ¿a quién quieres que te cuide en casa? —cambió Adrián de estrategia.
Fer levantó la vista, miró a Selena, luego a Adrián, y con la boca llena respondió:
—Quiero que papá y mamá estén en casa conmigo.
Selena soltó una risita. La pregunta de Adrián había sido inútil.
—Fer, ¿quién quieres que te recoja de la escuela? —insistió el hombre, con el rostro tenso.
El pequeño, ya un poco harto de tantas preguntas, hizo un puchero.
—Quiero que papá y mamá vengan a buscarme juntos.
Adrián se quedó sin palabras. El niño era demasiado pequeño; la comunicación era imposible.
En la bañera, el cabello oscuro y mojado del pequeño brillaba. Selena se lo peinó hacia atrás con la mano, dejando al descubierto su frente redonda. Sus ojos, su nariz y su boca eran idénticos a los de Adrián, una copia en miniatura.
La mirada de Selena se endureció por un instante. Al segundo siguiente, revolvió todo el cabello del niño, deshaciendo el peinado.
Fer la miró extrañado. Primero se lo había peinado con cuidado, y ahora se lo dejaba todo revuelto.
Selena acostó a su hijo en la cama, olía a limpio y a gel de baño. Ya no quedaba rastro de ese detestable perfume a rosas. Así que, ese mediodía, Adrián lo había llevado a ver a Jazmín.
Sintió una espina clavada en el corazón, una que no podía sacar y que le dolía de vez en cuando. Era una sensación insoportable; lo mejor sería divorciarse y terminar con todo.
—Mamá, quiero que papá duerma aquí —dijo el pequeño de repente, después de dar un par de vueltas en la cama. Miró hacia la puerta con ojos suplicantes y señaló hacia afuera—. Que venga papá.
Selena se sorprendió. ¿Por qué su hijo pedía algo así justo hoy?
—En los dibujos, los niños duermen con sus papás y sus mamás. Yo también quiero —el pequeño se puso terco, con los ojos enrojecidos por la impaciencia, y gritó—: ¡Papá… papá, ven rápido!
—¡Ya voy!
Una voz grave resonó desde el pasillo.

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