—Selena, no vengas a buscarnos, ve directo al restaurante. El chofer de la casa nos llevará —dijo Patricia al otro lado de la línea.
El ánimo de Selena se desplomó.
—De acuerdo, tía. Las espero en el restaurante —respondió en voz baja.
Colgó el teléfono sintiéndose agotada. Apoyó la frente en el volante, con los ojos ardiendo.
No estaba celosa de Jazmín. Lo que sentía era lástima por sí misma. A pesar de saber que él no la amaba, había insistido durante cuatro años. Cuatro años en los que había intentado complacerlo, en los que se había permitido soñar con algo que nunca sería. Se había esforzado por ser mejor, por destacar en su carrera para que él la viera con otros ojos.
Pero fue en vano. Con tanto esfuerzo, la única que se había conmovido era ella misma.
Quizás era hora de pedir el divorcio. Sin importar las consecuencias, necesitaba ponerle un punto final a esa relación.
...
El Bentley se abría paso entre el tráfico. Jazmín miraba con ternura al hombre al volante. Con una sola mano en el volante, proyectaba una calma imponente. Su perfil perfecto era un derroche de masculinidad.
—Adri, ¿me preguntabas por el Dr. Velázquez? —Jazmín rompió el silencio.
—Sí, ¿hablaste con él? —preguntó Adrián.
—Ni siquiera tuve la oportunidad —respondió Jazmín con una sonrisa resignada—. De hecho, cuando me viste, iba a buscarlo.
La mano del hombre se apretó en el volante. Estaba seguro de lo que había oído: Gonzalo había invitado a cenar a Selena, y ella había aceptado.
—Adri, creo que perdimos nuestra oportunidad —dijo Jazmín con un deje de decepción.
Adrián se giró para mirarla.
Jazmín dejó el tema ahí, volviendo a asuntos de trabajo. Pero en su interior, sabía que la semilla de la duda ya estaba plantada. Si Selena se veía a solas con Gonzalo, ya no podría librarse de las sospechas.
En el restaurante, Selena llegó primero y se sentó en una mesa junto a la ventana. A su lado, una pareja conversaba en voz baja. La chica se recostaba de vez en cuando en el brazo del hombre, y él la abrazaba, recordándole que no bebiera cosas frías durante su periodo. Ella respondía con un puchero feliz, y la atención y el cuidado del hombre parecían la viva imagen del amor.
¿Qué era la felicidad? ¿Cómo era el amor en su forma más pura?
Selena se sintió perdida.
Adrián siempre había sospechado que ella se había metido en su habitación para conseguir fondos para su laboratorio, usando su cuerpo como un regalo. Aunque ella lo negó una y otra vez, nunca logró convencerlo.
Al principio de su relación, cuando las cosas eran más estables, Adrián dejó de mencionar el tema. Selena pensó que finalmente le había creído, pero la realidad era que esa espina siempre había estado clavada en su corazón.
Sacó su celular y buscó el acuerdo prenupcial. Lo leyó varias veces. Si era ella quien pedía el divorcio, solo recibiría ocho millones de pesos y tendría que renunciar automáticamente a la custodia de su hijo.

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