Selena solo estaba informando a Yago, pero el comentario de la anciana la tomó por sorpresa y la hizo sonrojarse. Las orejas de Yago también se pusieron rojas.
—Podrías comprarle un poco a Adri —dijo en voz baja.
Al oír ese nombre, la sonrisa de Selena se desvaneció y siguió caminando.
Finalmente, compraron todo lo de la lista. Yago cargaba con un montón de bolsas.
—¿Por qué no fuiste a comer? —le preguntó de repente.
—Vine a comprar unas cosas y se me pasó la hora —respondió Selena.
Yago intuyó que había algo más, pero no insistió. Paró un taxi.
—¿Vuelves al hotel?
—Sí —asintió Selena.
—Gracias por hoy. Si necesitas algo, no dudes en llamarme —dijo Yago, abriéndole la puerta.
—No fue nada —respondió Selena, y se metió en el carro.
Yago cerró la puerta y vio cómo el taxi se alejaba. Miró las pesadas bolsas en sus manos y paró otro taxi para él.
Al llegar al hotel, Selena vio que tenía varias llamadas perdidas de Adrián en su celular. Lo había puesto en silencio. Justo cuando pensaba en devolverle la llamada, oyó el sonido de un carro deteniéndose afuera.
Adrián entró a grandes zancadas en la sala. Al ver a Selena sentada en el sofá, le preguntó con el ceño fruncido:
—¿Dónde estabas? ¿Por qué no viniste a comer?
—Fui a dar una vuelta por el mercado, a comprar algunas cosas —respondió ella, respirando hondo.
Adrián vio las hierbas sobre la mesa y su expresión se endureció.
—¿No habíamos quedado en que cuidarías la reputación de la familia Rojas?
—La intención de tu madre no era que viniera a una boda. Supongo que ya lo sabes —dijo Selena con indiferencia.
—Ella solo estaba preocupada… —comenzó a decir Adrián, pero se detuvo, con el ceño fruncido—. Olvídalo. Si no quieres venir conmigo, no te obligaré.
—Adri, cantas muy bien. Deberías lanzarte como cantante —lo elogió entre risas.
—Yo no llego a las notas altas, qué vergüenza —dijo Jazmín, riéndose de sí misma.
—Es porque tienes una voz suave, no estridente —la consoló Sergio.
—Se hace tarde, vámonos —dijo Adrián, mirando la hora.
Salieron del club. Un gran Rolls-Royce negro se detuvo y subieron.
—¿Qué es ese olor? —preguntó Sergio de repente—. ¿Como a hierbas medicinales?
—¿Existe un perfume con olor a hierbas? —rio Jazmín, que también lo había notado.
—Ah, debo ser yo —dijo Yago en ese momento—. Por la tarde fui al mercado a comprar hierbas para mi abuela y se me ha quedado el olor.
Adrián, que fingía dormir, abrió lentamente los ojos y miró a Yago.

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