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La esposa invisible romance Capítulo 87

Günter estaba frente a mí. A menos de un paso.

Podía olerlo. Sentir el temblor apenas contenido en su respiración.

—No quiero perderte otra vez —dijo, con la voz quebrada.

Y entonces, me besó.

No fue un beso lento, ni dulce, ni calculado. Fue un beso con hambre, con rabia, con años de silencios acumulados. Su boca me buscó como si fuera su única certeza. Y yo… yo lo dejé. No por debilidad, sino porque también lo necesitaba.

Nos habíamos pasado la vida construyendo muros. Esa noche los derrumbamos todos.

Su cuerpo me rodeó con fuerza. Me alzó como si el suelo ya no existiera y me llevó hasta la habitación del piso superior. No me pidió permiso. No hizo preguntas. Pero tampoco fue una invasión. Fue reconocimiento. Un reencuentro.

Me quitó el abrigo con torpeza. Yo deslicé su camiseta por sus hombros. Nos miramos un instante, entre la sombra y la luz anaranjada del pasillo. Tenía el rostro tenso, los ojos ardiendo, y aun así temblaba.

—Dime si quieres que me detenga —susurró.

Negué con la cabeza.

—Quiero que te quedes.

Sus labios bajaron por mi cuello, por mi clavícula. Y entonces nos deshicimos el uno del otro sin pausa, sin estrategia. No hubo perfección ni coreografía. Solo dos personas que habían estado demasiado tiempo sosteniéndose por dentro y ahora ya no querían sostener nada más.

Günter me acarició como si el tacto fuera una súplica. Me besó como si cada parte de mí pudiera curarlo. Yo me aferré a su espalda, a su respiración, a su nombre. No pensé. No dudé. Solo sentí.

Hicimos el amor como si fuéramos los últimos. Como si el mundo allá afuera no importara. Como si la herida solo pudiera cerrarse así: con piel, con suspiros, con cuerpos que ya se conocen incluso cuando están perdidos.

Cuando todo terminó, él no se movió. Me envolvió entre sus brazos, apoyó la frente en la mía. Nos quedamos en silencio. Respirando. Existiendo.

Y por primera vez en mucho tiempo, no me sentí sola.

Ni culpable, ni culpada.

Solo… viva y en paz.

Nos quedamos así. Juntos. La habitación apenas iluminada por el fuego que venía desde abajo. El silencio ya no era tenso, ni incómodo. Era un silencio que abrigaba. De esos que solo pueden existir después de tocar fondo y decidir quedarse.

Günter acariciaba mi espalda con la yema de los dedos, lento, como si memorizara cada línea. Su respiración estaba calmada, por primera vez en semanas. La mía también.

—Pensé en ti todos los días —dijo en voz baja, rompiendo el silencio—. Pero no sabía cómo volver sin convertirme en el hombre que arruinó todo de nuevo.

—No quiero que vuelvas a mí por culpa —le respondí, mirándolo—. Y tampoco quiero que me quieras para salvarte de ti mismo.

—No. Ya no se trata de eso —dijo, girando apenas para poder verme mejor—. Ahora… solo quiero aprender a estar. A quedarme. A cuidarte como no supe antes.

—¿Y si no funciona? —pregunté, sincera.

—Entonces lo sabremos con el tiempo. Pero esta vez no voy a desaparecer. No si tú todavía quieres intentarlo.

Asentí. No porque tuviera todas las respuestas, sino porque había una parte de mí —esa que siempre supo quién era él debajo de todo— que todavía creía en algo más.

—Tienes que volver a New York —le dije entonces, con suavidad.

—Lo sé.

—Allá está tu vida… y la mía también. No sé cómo, pero si vamos a hacer esto, no puede ser huyendo.

—No estoy huyendo, Olivia. Vine a buscarme. Pero ahora que te tengo aquí… no quiero quedarme sin ti otra vez.

Me acurruqué contra su pecho. Escuché los latidos. Seguía siendo mi refugio, aunque ahora lo supiera también como tormenta.

—¿Y mañana qué? —pregunté.

—Mañana te preparo café —dijo, con una sonrisa pequeña pero real—. Y después… vemos.

Cerré los ojos. No necesitaba promesas. Ni grandes gestos. Solo eso: que estuviera. Que me mirara. Que me eligiera con el mismo cuerpo con el que me había amado minutos antes.

Günter besó mi frente.

—Gracias por venir.

—Gracias por quedarte —susurré.

Y así, en esa cama, en esa casa, en esa noche que no planeamos… comenzó otra historia. Una donde las cicatrices ya no nos separaban, sino que nos recordaban que estábamos hechos para sobrevivir.

Juntos. O solos. Pero con verdad.

Nos quedamos dormidos abrazados, el cuerpo de Günter cálido contra el mío, el latir lento y constante que me recordaba que, al menos esa noche, no estaba sola. La oscuridad de la habitación nos envolvía como un refugio, y no había miedo ni dudas, solo la certeza de estar juntos.

Cuando el sol empezó a colarse tímido por las cortinas, sus brazos me apretaron con suavidad y sus labios encontraron los míos en un beso dulce y pausado, como un despertar compartido. Sin prisa, sin urgencia.

Nos hicimos el amor otra vez, esta vez con calma y ternura, como si cada caricia sellara un pacto invisible entre nosotros. La piel, el aliento y el silencio eran todo lo que necesitábamos.

Después, nos sentamos a desayunar en la pequeña cocina. Günter sirvió café mientras yo abría una ventana para dejar entrar el aire fresco de la montaña.

Él me miró con esa mezcla de nervios y esperanza que me hacía sonreír.

—Olivia —empezó, mientras tomaba mi mano—, quiero que empecemos de cero. Salir, tener citas, aprendernos de nuevo. No quiero apresurar nada, solo… darnos una oportunidad real.

Reí, divertida.

—¿Citas? —bromeé—. Eso debiste decirlo antes de hacerme el amor dos veces.

Günter soltó una carcajada y me apretó la mano.

—Quizás me faltó tacto para el romanticismo —admitió—, pero esta vez quiero hacer las cosas bien.

Yo asentí, con el corazón más ligero que en semanas.

—Entonces, a partir de hoy, empezamos a salir. Pero sin peleas ni fantasmas.

—Prometido —dijo, y me besó la mano—. Vamos a aprender a querernos de nuevo.

Y así, con un café en la mano y la montaña asomándose afuera, decidimos que esta vez, el amor sería nuestro camino y no un campo minado.

Decidimos quedarnos en Suiza un mes entero. Un mes para respirar sin la presión del mundo, para encontrarnos sin prisa y sin urgencias. La casa en la montaña se convirtió en nuestro refugio, el escenario de una tregua que ambos necesitábamos.

Los días empezaban con el sol colándose por las ventanas grandes, y terminaban con nosotros acurrucados frente a la chimenea, compartiendo silencios que ya no eran incómodos.

Por las mañanas, desayunábamos juntos, a veces en completo silencio, otras riendo por alguna tontería o recordando anécdotas del pasado sin dolor, solo con cariño.

Salíamos a caminar por senderos rodeados de pinos y nieve, respirando aire puro, alejados de los fantasmas que nos habían perseguido tanto tiempo.

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