Entrar Via

La esposa invisible romance Capítulo 90

Algo en mí había cambiado. No de golpe, no como quien enciende una luz. Era más bien como si hubiese estado abriendo lentamente una ventana, dejando entrar el aire sin darme cuenta.

Desde que le dije que sí, que quería ser su novia, no sentí que mi vida girara alrededor de Günter. Y esa fue, quizás, la señal más clara de que esta vez lo estábamos haciendo bien.

No me convertí en una extensión de él. No vivía pendiente del teléfono, ni estructuraba mis días según sus horarios. Seguía trabajando en mis proyectos personales. Empecé clases de fotografía los jueves por la tarde. Volví a escribir en mi diario con constancia. Llamaba a mis padres, leía antes de dormir, cocinaba para mí aunque no viniera nadie a cenar.

Günter estaba presente. A veces con flores, a veces con silencio. Con besos en la frente y café en mano. Con conversaciones largas sobre nuestros miedos, y otras veces, con solo mirarnos desde el otro lado del sofá, sabiendo que el amor también es espacio.

No necesitaba probarme nada. No me prometía futuros grandiosos. Me ofrecía tiempo, atención, y una calma que nunca supe pedir antes.

Lo que yo estaba aprendiendo… era otra cosa.

A estar bien incluso cuando él no estaba.

A ser yo sin necesidad de ser “nosotros” a cada segundo.

A confiar sin vigilar.

A veces caminaba sola por la ciudad, sin música, sin destino. Observaba a la gente, al cielo, a mí misma. Me preguntaba si habría una versión mía que no hubiera sobrevivido a todo lo que viví. Una que se hubiera quedado atrapada en la culpa, en la necesidad de ser amada a cualquier precio.

Pero esa versión ya no estaba. O al menos, ya no decidía por mí.

Ahora la que decidía era una mujer que no tenía miedo de hablar, de detenerse, de preguntar qué necesitaba antes de intentar salvar a alguien más.

Una tarde, mientras ordenaba mis cosas, encontré una nota que me escribí a mí misma hacía meses. Decía: “No corras detrás de lo que no te escucha. Quédate donde puedas crecer.”

Sonreí.

Y supe que, esta vez, el amor no me había borrado.

Me había devuelto.

Porque amar bien no es perderse en otro. Es encontrarse en uno mismo… Y aun así, querer compartir el camino.

Era un sábado templado, el tipo de día que te hace olvidar que alguna vez dolió todo. Caminábamos por el Soho, de la mano, compartiendo un helado de pistacho que habíamos comprado en una esquina cualquiera. La ciudad parecía menos caótica, más amable. O tal vez era yo la que la veía distinta.

Günter bromeaba sobre un perro con gafas que había pasado junto a nosotros, y yo me reía, con la cabeza recostada contra su hombro.

Y entonces vi a Cassian.

De pie, al otro lado de la calle. Inmóvil. Como si el tiempo se le hubiera congelado al vernos juntos.

Llevaba un abrigo oscuro, la mirada clavada en nuestras manos entrelazadas. No parecía sorprendido. Parecía… golpeado. Como si lo que tuviera frente a él no fuera inesperado, sino inevitable.

No dije su nombre, pero Günter lo notó. Su cuerpo se tensó, su mano también. Lo siguió con la mirada y sus ojos se encendieron con una furia que no necesitó palabras.

Cassian cruzó la calle.

—Olivia —dijo, deteniéndose frente a nosotros. Su voz era grave, contenida—. ¿Podemos hablar un momento?

—No —intervino Günter, tajante—. No hay nada que hablar contigo.

—No te hablé a ti —le respondió Cassian, sin siquiera mirarlo.

Yo solté la mano de Günter con cuidado, como quien desactiva una bomba a punto de estallar.

—Cassian… no creo que este sea el momento —dije.

—Lo parece —contestó él, y entonces sí lo miró—. Aunque veo que ustedes ya resolvieron lo suyo.

—¿Y tú qué esperabas? —gruñó Günter—. ¿Que después de todo lo que hiciste, ella te esperara como si nada?

—No estoy hablando contigo —repitió Cassian, más firme, aunque ya no frío—. No vine a pelear.

—No necesitas pelear para arruinarlo todo —disparó Günter, dando un paso al frente—. Ya lo hiciste bastante bien desde el principio.

La tensión era espesa. Nadie en la calle parecía notar lo que pasaba, pero para mí el mundo se había vuelto estático. Solo ellos dos, enfrentados, como sombras de dos versiones distintas de mi vida.

—¿Qué estás buscando, Cassian? —pregunté, sin alzar la voz.

Él me miró. Y por primera vez en mucho tiempo, vi algo roto en él. No arrogancia. No culpa. Solo… pérdida.

—Quería verte —dijo—. No para que me perdones. Solo para saber que estás bien.

—Estoy bien —respondí, bajando la mirada—. Y tú deberías seguir tu camino.

—¿Con él? —preguntó, con una sombra de amargura, señalando a Günter—. ¿Después de todo?

—Sí —respondí, firme—. Con él. Porque esta vez no estoy eligiendo desde la herida. Estoy eligiendo desde la verdad.

Günter no dijo nada, pero se colocó a mi lado, su brazo rozando el mío. Cassian lo miró una última vez. Luego me miró a mí.

—Me alegra que estés viva —dijo. Y no fue una metáfora.

Se dio media vuelta y se fue, sin dramatismo. Sin mirar atrás.

Pero Günter… no se quedó callado.

—¿Te alegra? ¿Ahora te alegra? ¡Después de usarla, de manipularla, de acercarte solo para destruirla!

—¡Günter! —interrumpí, con la voz cortante.

Él se quedó quieto. Respiraba agitado. Con los puños cerrados.

—No vale la pena —dije—. No te pongas en el barro con él. Yo ya salí de ahí.

Él me miró, con los ojos enrojecidos, con la mandíbula apretada. Luego asintió. Apenas. Pero entendió.

Nos quedamos en silencio unos minutos. Seguíamos en la calle. El helado se había derretido entre nuestros dedos. Y aun así, no me sentí expuesta. Solo humana.

—Lo odio —murmuró Günter—. No por lo que hizo conmigo. Por lo que te hizo a ti.

—Yo también lo odié —dije—. Pero ahora ya no quiero cargar con eso. No me hace bien.

—¿Estás segura de que estás bien?

—Sí —dije, mirándolo a los ojos—. Porque esta vez me quedé donde quiero estar. No donde esperaba ser salvada.

Y él me abrazó. Fuerte. Como quien aún tiembla, pero se queda..

Esa noche, cenamos en mi departamento. Yo cociné algo simple, sin pretensiones: pasta con pesto, pan tostado, una ensalada que olvidamos en la heladera. Pero ninguno de los dos tenía hambre.

El silencio que nos acompañó no era incómodo, pero sí pesado. Como si la aparición de Cassian hubiera dejado una vibración extraña en el aire, algo que todavía no sabíamos dónde colocar.

Günter no hablaba. Comía por inercia. Y yo lo observaba, intentando decidir si respetar su espacio o invitarlo a romperlo.

Me decidí por lo segundo.

—¿Estás enojado? —pregunté.

Él dejó el tenedor en el plato. Me miró como si no esperara la pregunta.

—No contigo.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa invisible