La casa volvió a llenarse de silencio tras la tormenta.
Me quedé ahí, apoyada contra la puerta cerrada, sintiendo cómo todo mi cuerpo temblaba. El llanto venía en oleadas. No eran lágrimas suaves. Eran brutales. Gritos que no salían. Golpes invisibles al pecho. Una especie de desgarro que nacía desde lo más hondo y no pedía permiso para doler.
Pasó un rato, no sé cuánto, hasta que me obligué a moverme. Me arrastré hasta el sofá, no por comodidad, sino porque mis piernas ya no sostenían tanta verdad junta.
Cassian se había ido. Pero sus palabras, su silencio cuando más necesitaba explicaciones, aún flotaban en el aire como una corriente helada.
Yo lo había amado. Lo había amado con todo lo que me quedaba después de Günter, después del miedo, después de la fuga. Y él… él me había usado como peón en una venganza.
Lo más cruel era que no podía negar lo que sentí. Que una parte de mí, aunque hoy la negara, había encontrado paz entre sus brazos. Había creído en él. Y ese era el verdadero engaño.
Pasaron horas. Me dormí un rato en el sillón, sin siquiera quitarme los zapatos. Me despertó el zumbido del refrigerador, la única prueba de que el mundo no se había detenido.
La noche ya cubría las ventanas cuando me levanté. Necesitaba una ducha, aire, algo que me recordara que todavía habitaba este cuerpo.
Mientras el agua caliente me recorría la espalda, recordé mis vacaciones con Gunter.
Mientras el agua caliente me recorría la espalda, recordé mis vacaciones con Günter.
Una casa en medio de la montaña, los Alpes como telón de fondo. Suiza era su lugar en el mundo. El único donde no intentaba demostrar nada. Donde se dejaba estar. Allí no era el heredero, ni el empresario, ni el esposo perfecto. Solo era él.
Recuerdo la forma en que caminaba por la nieve con las manos en los bolsillos, como si el frío no le tocara. Cómo se sentaba frente al ventanal con una copa de vino, en silencio, como si el mundo entero se apagara y solo quedara el respiro de los pinos.
Y yo… yo lo miraba. Como si eso bastara. Como si mirarlo fuera suficiente para amarle.
Me senté en el borde de la cama con la toalla aún alrededor del cuerpo. El teléfono estaba cerca. Demasiado cerca.
Volví a revisar mis mensajes, aunque ya sabía que no había nada.
Nada nuevo. Nada suyo.
“¿Dónde estás, Günter?”, pensé.
Pero esta vez no era una pregunta dolida. Era una certeza que nacía desde otro lugar.
Yo sí sabía dónde podría estar.
Dos días después, el avión aterrizó en Zúrich.
El cielo estaba cubierto, como si hasta el clima supiera que no venía por turismo.
Mi cuerpo temblaba, no de frío, sino de anticipación. Me sentía como si tuviera diecisiete otra vez, como si fuese a tocar una puerta sin saber si detrás quedaba alguien esperándome… o nada.
No le escribí antes. No lo llamé.
No sabía si quería verlo o si necesitaba simplemente comprobar que estaba bien.
Pero lo que sí sabía era que no podía seguir fingiendo que no me importaba.
Tomé un taxi desde el aeropuerto hasta aquella casa de madera en las afueras de Saint-Luc, en el Val d’Anniviers, donde nos quedarnos aquel inviernos en el que todo aún parecía posible.
Todo era igual. El camino bordeado de árboles, las piedras húmedas, el olor a leña.
Solo yo era otra.
Más sola. Más entera, quizás. Más rota, también.
El taxista se ofreció a esperarme. Le dije que no haría falta.
Me acerqué a la puerta con el corazón en un puño. Dudé en tocar el timbre. No quería irrumpir. No quería imponerme. Pero ya estaba ahí. Ya había cruzado un océano de preguntas sin respuesta.
Respiré hondo. Y toqué.
Nada.
Esperé.
Toqué de nuevo.
Y cuando ya iba a darme la vuelta, la puerta se abrió.
Allí estaba él. Descalzo, con una camiseta vieja, los ojos enrojecidos y el alma hecha sombra.
Nos miramos como si el tiempo no supiera qué hacer con nosotros.
Günter no dijo nada.
Yo tampoco.
Pero en sus ojos vi todo lo que no pudo escribir. Todo lo que el silencio no había logrado borrar.
El dolor. La culpa. Y algo más.
Algo que todavía nos unía, aunque no supiéramos qué hacer con eso.
Él dio un paso hacia atrás, dejándome entrar.
Yo crucé el umbral, sin palabras, con el corazón temblando.
No sabía qué venía después.
Solo sabía que ya no podía seguir huyendo.
Ni de él, ni de mí, ni de lo que fuimos.
Me detuve en medio del salón, esperando algo. Una palabra, una explicación, lo que fuera.
—¿Por qué te fuiste sin decirme nada? —pregunté al fin, sin rodeos.
Günter no respondió de inmediato. Cerró la puerta detrás de mí, respiró hondo y se quedó de pie, con la espalda apoyada contra la madera.
—Porque necesitaba pensar —dijo al fin, sin mirar al suelo ni a mí—. Porque me sentía enojado.
Su sinceridad me tomó por sorpresa.

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