—Cuando te bañes, envuelve tu brazo con plástico para que no se moje. No te revientes la ampolla, espera a que se absorba sola para que no te quede cicatriz.
Ariel instruía a Karina mientras la miraba.
Sus ojos oscuros brillaban con una luz cálida y resplandeciente.
Karina asintió y, al levantarse, su cabello rozó suavemente la barbilla de Ariel.
Pudo oler el perfume de su propio cabello mezclado con el de Ariel, un aroma sutil a ropa recién secada al sol.
Su corazón dio un vuelco al darse cuenta de lo cerca que estaban y, por instinto, se apartó un poco.
De reojo, vio cómo el profesor Solano, con la mano a un costado, la apretaba en un puño para luego abrirla, como si también estuviera algo desconcertado.
Karina fingió indiferencia, pero entonces escuchó al profesor Solano añadir:
—Ah, por cierto, evita la fricción y la presión en la zona afectada. Descansa mucho, mantén una dieta equilibrada, aumenta la ingesta de proteínas y vitaminas. Leche, carne magra, pescado y come muchas frutas de temporada. Las cerezas son una excelente opción…
Karina frunció ligeramente el ceño.
Ariel se calló de inmediato.
«¿Acaso le parecí un hablador?», pensó. «¿De verdad hablé de más? Si todavía me faltaban muchas cosas por decir…».
Karina pensó para sí que si el profesor Solano daba consultas de esa manera, Patricia ya no tendría que esperar; la podían mandar directamente a la morgue.
—Gracias, profesor Solano. Yo…
Antes de que Karina pudiera terminar la frase, alguien la sujetó bruscamente de la muñeca derecha.
Fabio le lanzó una mirada fulminante a Ariel y, con fuerza, la arrastró hacia afuera.
Karina no pudo soltarse, pero volteó para decirle a Ariel:
—¡Profesor Solano, se lo encargo, por favor!
Una vez fuera de urgencias, Karina se deshizo del agarre de Fabio con un brusco tirón.
El rostro de Fabio estaba desencajado.
—¿Qué hace Ariel aquí?
Karina no quería hablar con Fabio de nada que no fuera el divorcio.
Soltó una risa fría y se fue, sin querer interrumpir el íntimo momento de ese par.
Fabio contestó la llamada de Selena, aunque su mente seguía en otra parte.
Karina se dirigía al restaurante del hospital.
De repente, recordó que a ella no le gustaba la comida de avión, así que probablemente no había comido nada desde la mañana.
Antes, cuando él la recogía, siempre le llevaba algo que a ella le gustaba.
Y antes de comer, Karina siempre lo abrazaba y le decía que se sentía maravilloso que alguien pensara en ella.
Ahora que él había empezado a ignorarla, ¿se sentiría mal?
—No te asustes, mamá y yo estamos bien. Cena algo y descansa temprano con Caro —dijo Fabio con un tono suave, como si estuviera consolando a una niña.
Pero sus ojos alargados y rasgados seguían fijos en la dirección del restaurante del hospital.
«Dale un poco de indiferencia a Karina. Cuando sienta que nadie la quiere, terminará por entender y aceptar a Seli».

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