Restaurante del Hospital Monte Real.
El ambiente era tranquilo y limpio.
Mientras tomaba su sopa de pescado, Karina se perdió en sus pensamientos.
El esposo de la doctora Nayeli era de Ciudad Centauro y también era médico… Y anoche se había encontrado con Ariel en el Cementerio de Puerto Velero.
¿Sería posible que Ariel fuera el esposo de la doctora Nayeli?
Karina dejó la cuchara, se limpió la boca y se dirigió a la sala de espera de cirugía.
Allí vio que Selena había llegado y estaba hablando con Fabio, con los ojos llenos de lágrimas.
Fabio sostenía el rostro de Selena entre sus manos, con una expresión de profunda preocupación.
Recordó cuando el director Torres, un hombre entonces distante y orgulloso, la cortejaba y le había dicho una vez:
«Si te tengo a ti, jamás tocaré a otra mujer».
En su momento, esas palabras la conmovieron profundamente. Ahora, al ver a Fabio acariciar la cara de otra mujer, no sintió absolutamente nada.
Karina buscó un asiento cómodo y se sentó.
Selena, sin embargo, la vio y se acercó, fingiendo preocupación.
—Karina, ¿dónde estabas?
—¡Lárgate si no quieres que te parta la cara!
—No te enojes. Solo me parece una lástima que no estuvieras aquí para despedirte de la señora antes de que entrara a cirugía.
—¿Lástima de qué? No es que no vaya a salir de cirugía. Hablas como si fuera la última vez que la fuéramos a ver.
—Karina, ¿cómo… cómo puedes decir algo así de la señora? —dijo Selena, con los ojos enrojecidos por la indignación.
Fabio se acercó a grandes zancadas, le lanzó a Karina una mirada de puro desprecio y, rodeando a Selena con el brazo, la llevó a sentarse lejos de ella.
Karina no podría estar más agradecida.
La cirugía se prolongaba, así que sacó su celular y le asignó una nueva tarea a Lucas:
[Ve a mi caja fuerte en la Hacienda de las Rosas y vende todas las joyas. De paso, checa si mi anillo de bodas sigue en el bote de basura del cuarto. Si está ahí, véndelo también. Además, encárgate de la venta de la hacienda lo antes posible por los mil millones de pesos.]
Lucas también era de Puerto Velero. Solo le quedaba su abuelo, que vivía en la Casa Luz del Amor.
—Sí, Seli, todo lo que dices se cumple.
Una profunda burla se dibujó en los ojos de Karina.
«Que ese par de desgraciados se abracen todo lo que quieran. Ojalá tampoco se separen cuando se vayan al infierno».
Se dio la vuelta, siguiendo con la mirada a Ariel.
Era tan alto que su sombra se proyectaba, oscura e imponente, sobre la pared blanca.
Después de pensarlo un momento, decidió seguirlo.
—Profesor Solano.
Ariel se detuvo. Los médicos que venían detrás de él lo rodearon y entraron al vestidor.
Él se giró de lado, esperando a Karina.
Ella se acercó un poco más, y un brillo titiló en sus ojos fríos.
—Disculpe la pregunta, sé que es de Ciudad Centauro, pero ¿por qué llevó a su hija al Cementerio de Puerto Velero?

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