La histeria de Fabio, frente a una Karina cuyo corazón se había enfriado hasta convertirse en cenizas, fue tan intrascendente como una ráfaga de viento.
Su ira no obtuvo respuesta, así que, frustrado, salió dando un portazo para ir a beber con Sebastián Pizarro.
Sebastián era el amigo con el que Fabio había crecido desde que eran niños.
Era un abogado de renombre en Ciudad Centauro y el asesor legal de Andes Chip, un veterano de mil batallas que nunca había perdido un caso.
Al enterarse de que Karina quería el divorcio, Sebastián soltó una carcajada poco amable.
—Te lo dije. A las mujeres no se les puede consentir. Mientras más las consientes, más se pasan de listas. Solo estabas acogiendo a tu hermanita en casa y ella se puso así.
Apoyado en la barra, Sebastián encendió un cigarrillo con aire despreocupado y galán.
—Oye, ¿por qué pones esa cara de amargado? No es como si Karina fuera la única mujer en el mundo. Ya llevas seis años con ella, es hora de dejarla ir.
Fabio se bebió el contenido de su vaso de un solo trago y dijo con voz apagada:
—¿Cree que puede divorciarse de mí así como así? ¿Por quién me toma?
—Por cómo hablas, parece que no quieres divorciarte, ¿verdad? Pues es muy simple.
Fabio miró a Sebastián, incitándolo a continuar.
Sebastián exhaló un aro de humo, con una sonrisa maliciosa.
—Mientras tú te niegues, la única opción que le quedará a Karina es demandar. En ese momento, puedes usar objeciones de jurisdicción para no presentarte o solicitar aplazamientos, alargando el proceso de divorcio indefinidamente…
Fabio se quedó mirando su vaso, pensativo.
Sebastián le dio un codazo.
—Fabio, tengo curiosidad. Ahora mismo, entre Karina y Seli, ¿quién es más importante para ti?
Tras un largo silencio, Fabio finalmente respondió:
—De cualquier forma, no voy a renunciar a Seli otra vez. Karina tiene que ceder.
***
Karina, agotada física y mentalmente, cerró la puerta de su habitación con llave y durmió unas pocas horas.
Al despertar, pensó de nuevo en el divorcio, ahora con más claridad.
Legalmente, si una de las partes no estaba de acuerdo, el proceso se complicaba y podía alargarse al menos un año y medio.
Salió a buscar un abogado para consultar la forma más rápida de divorciarse.
El abogado fue honesto:
—En la primera demanda de divorcio, la mayoría de las veces no se concede. La mejor opción es separarse inmediatamente después de la sentencia, guardar pruebas y esperar un año para presentar la segunda demanda.
Karina pagó la consulta y salió del despacho.
Con sus dedos delgados y pálidos, sostuvo un cigarrillo. Dio una calada superficial, pero tardó mucho en soltar el humo.
Justo en ese momento, recibió una llamada de Lucas.
—¡Jefa, es terrible, terrible, terrible…!
Karina pensó: «¿Qué tan malo puede ser?».
Pronto lo descubrió. Lucas le envió un video que era tendencia.
Antes de abrirlo, vio el enorme titular: [Los hombres que consienten a sus mujeres nunca terminan bien.]
Un título bastante venenoso, que llevaba la confrontación entre hombres y mujeres al extremo.
Karina presionó el triángulo en el centro del video y este comenzó a reproducirse.
La música de fondo evocaba la angustia del amor no correspondido, y la voz furiosa de Fabio había sido editada para sonar entrecortada y lastimera.
—Te consentí y te puse en un pedestal durante seis años, sin hacerte sufrir ni un poco. Solo quería que mi hermana viviera en casa, pero no pudiste soportarlo y me obligaste a echarla. Regresó a casa temblando después de que la maltrataran, y tú la golpeaste… Mamá terminó en terapia intensiva por tu culpa. ¿En qué te he fallado, Karina? Dímelo.
Pero el abogado dijo que el divorcio por la vía legal tardaría un año y medio, y ella no podía esperar tanto.
Tras reflexionar, dijo:
—No importa, que digan lo que quieran.
Lucas se sorprendió.
—Jefa, ¿sabe lo horribles que son los comentarios?
Karina miró a Lucas directamente a los ojos.
—A veces hay que perder para poder ganar.
Este video la pintaba como una «arpía celosa», una imagen lo suficientemente dañina como para afectar los productos y el precio de las acciones de Andes Chip.
Estaba segura de que Boris, ese viejo tirano, no se quedaría de brazos cruzados.
Con su egoísmo, le echaría toda la culpa a ella y obligaría a Fabio a firmar el acuerdo de divorcio.
Sin poder ni influencias, solo podía desafiar la realidad con un golpe de suerte.
Era la forma más rápida que se le ocurría para conseguir el divorcio.
Hospital Monte Real.
Ariel miraba fijamente su celular, el contacto de WhatsApp que había guardado como «Ella».
«¿No dijo que quería agradecerme? Ya han pasado dieciséis horas, ¿por qué no me ha llamado?».
Tomás Sáez, vestido con su bata blanca, entró sin tocar y le extendió su propio celular a Ariel.
—Ariel, mira a esta mujer. ¿No se parece a la chica que tienes escondida en tus notas?
Ariel levantó la vista y, efectivamente, era Karina…

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