Karina sabía que esto pasaría. Ante el poder, la gente común es como un carro sin gasolina. No importa cuánta determinación tengan, les falta la fuerza para avanzar; no pueden competir ni con un dedo del poder.
Karina sintió ganas de fumar, pero había un letrero de no fumar en la habitación del hotel. Bajó y se sentó junto a la fuente de la plaza. Mordió el cigarro con fuerza, como si quisiera arrancarle el cuello a alguien. Un par de tenis blancos e impecables aparecieron en su campo de visión. Karina, que había mantenido la cabeza gacha, la levantó lentamente y entrecerró sus ojos apagados para mirar a la persona que se acercaba.
Ariel se sentó a su lado. Karina se quitó el cigarro de la boca, giró la cabeza hacia un lado para soltar el humo y lo apagó con el pie. Le gustaba fumar sola y en silencio. Si había alguien más, sentía que se rompía el efecto anestésico que le producía.
—Profesor Solano, ¿qué hace aquí?
—Melisa no está en casa y no tengo muchos amigos en Ciudad Centauro, así que pensé en venir a probar suerte contigo —dijo Ariel con calma. La miró, con una serenidad infinita en sus ojos—. Y tuve buena suerte.
Karina intentó esbozar una sonrisa educada, pero no pudo.
—Será mejor que no venga a buscarme, profesor Solano, no vaya a ser que le traiga mala suerte.
Inclinó ligeramente la cabeza, encorvando la espalda. Sus ojos se humedecieron, pero se esforzaba por contenerse. Ariel lo notó todo. ¡Sintió unas ganas inmensas de matar a Fabio!
—Si una persona tiene demasiada buena suerte, también puede terminar con mala suerte —dijo con voz suave—. Te doy la mitad de la mía.
Dicho esto, levantó su mano derecha y la posó en el hombro de Karina. Era un gesto de consuelo, pero también parecía como si de verdad le estuviera transfiriendo su buena suerte. Su palma estaba muy caliente. Karina sintió un calor irresistible que se extendía desde su hombro por todo su cuerpo, y que parecía reavivar hasta la última célula decaída.
Ariel retiró la mano.
—Pronto te va a ir bien —dijo, en plan de mago.
—No te preocupes, el camino para encontrarte ya me lo aprendí de memoria.
El rostro de Karina permaneció tranquilo, pero en su interior, fue como si una burbuja hubiera estallado. Ignoró esa extraña sensación y se dio la vuelta primero. Ariel la detuvo y le lanzó algo. Karina lo atrapó con una sola mano. Era un cascabel de la suerte.
—Agítalo y algo bueno pasará —le dijo Ariel.
Antes de dormir, Karina tomó el cascabel dorado con reverencia. Incluso hizo una pequeña plegaria.
—¡Por favor! ¡Que se cumplan mis deseos!
Luego, lo agitó con fuerza varias veces. Con los dedos temblando ligeramente, abrió la aplicación y descubrió que el tráfico se había disparado.

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