Se había disparado de forma espectacular. Era la tendencia número uno. Incluso los comentarios se contaban por decenas de miles:
[No manches, no manches, ¿estos dos son hermanos de verdad? Parecen una parejita de recién casados.]
[Por favor, ¿qué tiene de malo un poco de cercanía? ¿Por qué tienen que malinterpretar una relación familiar tan pura? La que publicó esto solo está buscando problemas.]
[¿Pues qué no tienes ojos? Parecen siameses.]
[Si esto es cierto, ¿cómo se sentirá la esposa legítima? Los dos hermanos se unen para inventar historias, son unos desvergonzados, sin moral. Y el cabrón de su marido, que solo tiene ojos para esa maldita arpía… qué asco. No volveré a comprar productos de Andes Chip.]
[Qué repugnante, una hermanastra de quinta, malvada hasta la médula. Se merecía que la golpearan, y hasta le pegaron poco.]
Había demasiados comentarios. Karina no respondió, solo le dio «me gusta» a algunos en silencio. Apagó el celular, tomó de nuevo la cascabel de la suerte y una sonrisa se dibujó en sus labios. Esa noche podría dormir bien.
***
En la oficina del presidente de Andes Chip, Fabio se aflojó la corbata con irritación. Ya había gastado cinco millones de pesos para restringir el tráfico de la cuenta de Karina, pero, para su sorpresa, el director de operaciones de la plataforma social le devolvió el dinero. La razón: «Esto no es ético»
Fabio no era un novato recién salido de la universidad. Sabía que alguien había intervenido y se preguntó si Karina habría presentado una denuncia. Le pidió a Esteban que investigara. Para su sorpresa, Karina no había denunciado nada; fue el asistente principal del Consorcio Panamericano quien se encargó del asunto.
El Consorcio Panamericano era una de las empresas más importantes del país y del mundo, con un dominio casi monopólico en casi todos los sectores en los que operaba. La plataforma social era una de sus aplicaciones. El asistente principal, Diego, era un hombre ocupadísimo que nunca se molestaría por algo tan trivial como comprar el silencio de una tendencia. Si lo hizo, solo podía haber una razón: no le habían pagado lo suficiente. Diego tenía una mala reputación en el mundo de los negocios: era conocido como un déspota corrupto y hedonista. Era la mano derecha del líder del Consorcio Panamericano. Solo le importaba el dinero, no las personas, y no dejaba pasar ninguna oportunidad de enriquecerse.
Fabio le pidió a Esteban que le transfiriera diez millones. El tráfico solo estuvo restringido media hora antes de volver a la cima de las tendencias. Parece que todavía le parecía poco dinero…
Selena salió corriendo del hospital y fue a buscar a Fabio, caminando con paso vacilante.
—Hermano, no me importan los malos comentarios en internet. En un momento voy a declarar que fui yo la que perdió la compostura, que dependo demasiado de ti y que tú solo sientes lástima por mí… Deja que me insulten, siempre y cuando no te afecte a ti ni a Andes Chip.
Fabio se sintió conmovido y su determinación de proteger a Selena se fortaleció.
—¿Cómo podría usarte de escudo?
»No te preocupes, a Andes Chip no le falta dinero.
—Hermano, lo siento. Quizás no debí haber regresado del extranjero.
Selena todavía estaba enferma, y su esfuerzo por contener las lágrimas era desgarrador.
—No digas tonterías. Vuelve al hospital. En cuanto resuelva esto, iré a hacerte compañía.
—Está bien, te esperaré.
Al secarse una lágrima, la expresión de Selena cambió sutilmente. «Dar un paso atrás para dar dos adelante», eso era algo que esa cabeza dura de Karina nunca entendería.
***
Cuando Karina se despertó, descubrió que el cascabel había dejado de funcionar. Su cuenta había sido suspendida por veinte días. Fabio debió haber usado algún otro truco sucio. Por más que agitaba el cascabel, no servía de nada.
Se consoló pensando que, de todos modos, el escándalo ya había circulado lo suficiente. A los ojos de los demás, Fabio y Selena ya no eran tan puros e intachables. El resultado era mucho mejor de lo que había imaginado, ¿no?
Karina fingió que no le importaba. Se arregló, lavó la ropa, buscó trabajo en Ciudad Centauro y recibió un portazo tras otro, como de costumbre. Todo parecía normal, pero solo ella sabía que estaba a punto de romperse. Incluso consideró la idea de irse al extranjero, pero no podía resignarse. ¡Las personas que habían arruinado su reputación aún no habían pagado por ello!
Karina quiso reír, pero se contuvo.
—Justo estaba pensando, ¿no será porque anoche le di mi buena suerte?
—No estará pensando en culparme, ¿verdad, profesor? —dijo Karina, a la defensiva.
Ariel sonrió. La miró en silencio por un par de segundos, se puso las gafas y dijo:
—¿Qué tal si lo intentas tú?
—¿Yo? —Karina negó con la cabeza. No estaba de humor para eso.
—Como dice el dicho: desafortunado en el amor, afortunado en el juego —dijo Ariel, apelando a sus emociones.
Karina frunció los labios con una pizca de molestia.
—¿Por qué le echa sal a la herida, profesor?
Ariel se dio una palmada en la boca con un gesto infantil y le preguntó con una sonrisa:
—Entonces, ¿juegas o no?
—Pues órale —dijo Karina, y entró decidida con su bolso en la mano.
Si ya había perdido el corazón en el amor, no pensaba perder también el dinero en el juego.

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