Melisa corrió hacia Karina y le abrazó la pierna. Karina la miró desde arriba y su tristeza se convirtió en alegría. Esa niña siempre era muy cariñosa con ella. Curiosamente, a pesar de que no le gustaban los niños, no solo no le molestaba, sino que sentía un impulso inexplicable de llevársela a casa.
Ariel observó a Karina por un par de segundos antes de preguntar con naturalidad:
—¿Ya te mudaste?
Karina miró a Ariel, su expresión mucho menos cálida que cuando hablaba con Melisa.
—Así que usted vive aquí, profesor Solano.
—Sí, precisamente porque vivo aquí y conozco el lugar, te lo recomendé.
La respuesta de Ariel fue impecable. Karina había tenido la sensación de que Ariel la estaba manipulando, pero después de escucharlo, le pareció que no había nada de malo. Melisa, astuta, captó el punto clave de la conversación de los adultos y, levantando la cabeza, le preguntó a Karina:
—Señora, ¿usted también va a vivir aquí?
Karina le acarició la cabecita a Melisa y, sin poder evitarlo, su voz se tornó más dulce:
—Así es, vivo en el edificio 3.
—¡Qué coincidencia! Mi casa está en el último piso del edificio 3. ¿En qué piso vive usted, señora?
—Yo vivo… en el penúltimo piso —respondió Karina, sorprendida. ¿Justo debajo de la casa de Ariel? ¿Cómo podía ser tanta coincidencia? Volvió a mirar a Ariel.
—Yo también estoy rentando —dijo él, sin alterarse—. Además, tu departamento te lo consiguió un agente, no yo. Yo solo te sugerí este complejo residencial.
Con una sola frase, se deslindó de toda responsabilidad. Karina recordó lo que le había dicho el agente: [Señora, en Residencial Las Ceibas, solo el edificio 3 es para rentar, y la verdad es que no es fácil. Actualmente, solo está ocupado el último piso. Es que es demasiado caro, la renta de un año es suficiente para comprar una casita en las afueras.]
—¡Vive justo debajo de mi casa! ¿Puedo ir a jugar con usted? —preguntó Melisa, con los ojos llenos de ilusión.
Karina pensó en la comida que tenía en casa y en los regalos que quería darles a Ariel y Melisa.
—Claro, puedes venir ahora mismo.
Melisa soltó un grito de alegría y corrió delante, saltando de felicidad. Karina y Ariel caminaban detrás, al mismo ritmo.
—En el edificio 3 solo vivimos Melisa y yo, así que es un poco solitario. Tu llegada lo hará mucho más agradable —dijo Ariel.
—Yo puedo vivir aquí porque mi dinero cayó del cielo, pero su caso es diferente, profesor Solano —respondió Karina, cortés.
Ariel sonrió.
—No hay diferencia, mi dinero tampoco me lo gané yo.
—¿No que usted no aceptaba sobornos? —preguntó Karina, extrañada.
Ariel carraspeó.
—Yo… vivo de mis padres.
Karina se quedó sin palabras. Se consideraba una persona elocuente, pero en ese momento no supo qué decir.
—Es usted una persona muy honesta, profesor Solano —respondió secamente.
Karina desactivó el reconocimiento facial de la cerradura inteligente, dejando solo la huella dactilar y la contraseña. Invitó a Melisa y a Ariel a pasar, pero padre e hija se quedaron un rato en la puerta. Karina entendió.
—No tengo pantuflas, pasen así.
»¿Todavía no han comido? ¿Les parece bien si les invito un estofado?
Mientras hablaba, abrió los ingredientes que le había traído la administración y se quedó de piedra. La carne de res y de cordero estaba fresca, sin cortar en láminas, y las verduras estaban enteras. Estaba en un aprieto. Ariel la observó mirar las verduras, como si estuviera atrapada en un dilema, y le pareció adorable. Con una sonrisa en los labios, dijo:
—La próxima vez, asegúrate de decirle al restaurante que te laven, corten y marinen la carne.
Después de cenar, Melisa se quedó charlando con Karina, y Ariel se ofreció a lavar los platos. Karina le dio la cámara a Melisa, quien, feliz, la abrazó y la llenó de besos.
—Señora, es usted muy buena. Ser su hijo debe ser una gran felicidad.
Karina pensó en Caro y sintió una punzada de tristeza. Acarició la carita de Melisa y dijo:
—No todos los niños son tan agradecidos como tú, Melisa.
Ariel salió de la cocina con las manos limpias. Melisa, emocionada, le mostró su regalo.
—Papá, mira la cámara que me regaló la señora.
Karina esperaba que Ariel dijera algo por cortesía, pero en lugar de eso, dijo:
—Es un regalo estupendo, Melisa. Puedes abrirlo ahora y empezar a leer el manual de instrucciones.
—Sí.
Melisa se sentó en la alfombra con la cámara y empezó a examinarla. No se sentó en el sofá, prefería el suelo. Karina la observó. Esa mala costumbre era igual a la suya…
Ariel se sentó frente a Karina.
—Se nota que a Melisa le ha encantado. Gracias.
—De nada, tú también tienes uno.
Ariel se sintió halagado.
—¿Yo también? ¿De verdad?

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