Al salir del club, Karina recibió una llamada de Florencia.
Su voz sonaba algo débil, como si forzara una sonrisa.
—Estaba trabajando en unos nuevos vestidos de gala y perdí la noción del tiempo. Perdóname, Karina, se me olvidó preguntarte, ¿qué tal tu nuevo trabajo?
«Qué mujer tan tonta. Sufrió por mi culpa y encima se disculpa conmigo», pensó Karina.
—Todo muy bien —respondió—. Mañana empiezo oficialmente.
—¡Qué bueno!
Karina sabía que Florencia necesitaba comer algo para recuperar fuerzas, así que buscó una excusa para colgar.
Sentía que tanto su destino como el de Florencia estaban atrapados en las garras de una mano invisible, sin saber cuándo podrían liberarse de verdad.
Al regresar a Residencial Las Ceibas, Karina vio sobre la repisa de la entrada varias bolsitas de semillas de granada envasadas al vacío.
También había una nota con una caligrafía elegante y enérgica, con trazos que denotaban una profunda seguridad.
[A Melisa también le encantan las granadas, así que aproveché para prepararte unas. Recuerda guardarlas en el refrigerador.]
Karina fue a la terraza y, al mirar hacia arriba, sintió una cálida sensación recorrer su cuerpo.
Por alguna razón, recordó el nombre de usuario de Ariel en WhatsApp.
1107.
Sintió una creciente curiosidad por la madre de Melisa.
***
A la mañana siguiente, Karina llegó a la línea de producción de chips media hora antes.
Quedó impresionada por unos segundos ante las cuatro imponentes letras doradas que decían “Viva Chip”.
Consorcio Panamericano realmente tenía una presencia imponente.
¡Le gustaba!
El equipo original de Pulso Tech no se había disuelto; simplemente habían firmado un nuevo contrato con Consorcio Panamericano.
Allí estaban Jonás Huerta, ingeniero de IP; Germán, ingeniero de software; Isabel, arquitecta de chips, y otros más.
Como directora, Karina esperó a que todos llegaran, se presentó y luego les informó que habría una reunión en la sala de juntas en diez minutos.
—Tengo trabajo pendiente con una memoria de CPU, no puedo ir —dijo Jonás.
—Tengo que definir la hoja de ruta técnica —añadió Isabel.
Los ingenieros de fabricación de chips se fueron directamente a la línea de producción a ponerse los trajes antiestáticos.
Karina se dio cuenta rápidamente de que el grupo la estaba aislando.
Sin mostrar enojo ni molestia, miró al único que no había hablado: Germán.
Germán era el más joven del grupo, con cejas pobladas, ojos atractivos y una expresión tan sombría como el invierno.
Se puso de pie y dijo, con una voz desprovista de emoción:
—Yo puedo.
Todas las miradas se clavaron en Germán como flechas, como si fuera un traidor.
La vista de Karina recorrió los rostros indignados.
—Ya que todos están ocupados, la reunión se pospone a las once.
Karina esperó en la sala de juntas hasta las once, pero de nuevo, solo apareció Germán.
Envió otro aviso: [Reunión a las tres de la tarde.]
Esta vez, Germán y el equipo de Isabel se presentaron. Sin embargo, Karina solo dijo dos palabras: “Se cancela”.
Karina envió un nuevo aviso:
[Reunión a las cinco. Si no están todos, aténganse a las consecuencias.]
Fue entonces cuando todos comprendieron que la nueva jefa estaba intentando ser amable antes de pasar a las malas.
Karina lo miró y le preguntó:
—¿Por qué les llevaste la contraria? ¿No temes que te aíslen?
Germán, parco en palabras, respondió:
—Yo no hago amigos.
Karina observó con extrañeza la espalda de Germán mientras se alejaba.
«Este chico es un poco solitario y sombrío…»
***
Hacienda de las Rosas.
Fabio se despertó con los sollozos de Caro. Las sienes le palpitaban con un dolor explosivo.
Al ver que Fabio abría los ojos, Caro lloró con más fuerza.
—Papá, mi tía se fue. Ya no nos quiere, buaaa.
Fabio no entendía nada.
—Fuiste tú, papá. Ayer estabas borracho y la corriste. Dijiste que esta no era su casa.
Caro le mostró a Fabio el video de seguridad que Selena le había dado.
«¿¡Cómo pude herir el corazón de Seli por una mujer cualquiera de un bar!?»
Fabio se levantó de inmediato y llamó a Belén.
—¿Dónde está Seli?
—La señorita Selena se fue con su maleta esta mañana temprano —respondió Belén.
—¿Y por qué no la detuviste?
«¿Detenerla? ¡Ya era hora de que se fuera!», pensó Belén para sus adentros.

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