Fabio le pidió a su secretaria que averiguara a dónde había ido Selena.
La secretaria le informó que Selena se dirigía al aeropuerto.
Fabio bajó a toda prisa, tomó su carro y fue tras ella.
El cielo estaba cubierto de nubes oscuras, como si estuviera a punto de llover.
Llamó a Selena tres veces, pero en todas le colgó.
Llegó al aeropuerto lo más rápido que pudo, atravesó la terminal buscando desesperadamente a Selena.
Cuando la vio en un rincón, abrazada a sus rodillas con la cabeza hundida entre ellas, llorando desconsoladamente, se dio una bofetada.
Así la había encontrado cuando tenía ocho años, abandonada en la calle, acurrucada junto a una caja de madera.
En aquel entonces, nevaba con fuerza. Él bajó del carro con un paraguas y le preguntó si quería ir a casa con él.
Estaba casi congelada, solo podía parpadear, mirándolo con ojos llenos de desconfianza.
Le pidió al chofer que la subiera al carro. Ella se encogió en un rincón, sin decir una palabra, como un conejito asustado que temblaba al ver a la gente después de haber sido maltratado.
Comía muy poco, no hablaba con nadie y no dormía; se quedaba con los ojos abiertos vigilando la puerta de su habitación.
Cuando él tenía que ir a la escuela, ella corría detrás del carro como una loca, llorando a lágrima viva.
—¡Hermano, no me abandones! Prometo que dormiré, comeré menos. No doy problemas, ¡por favor, no me dejes…!
En ese momento, él le hizo una promesa: ¡nunca en su vida abandonaría a Selena!
Fabio se agachó lentamente y le puso una mano en el hombro.
—Lo siento, Seli. No debí decirte eso anoche.
Selena levantó sus grandes ojos llorosos y miró los relámpagos que iluminaban el exterior a través del ventanal.
—Hermano, mi vuelo se canceló. Puedo cambiarlo…
Los ojos de Fabio se enrojecieron. La abrazó, apretando su cabeza contra su pecho.
—No lo cambies, no te vayas. Te daré la Hacienda de las Rosas. A partir de ahora, la Hacienda de las Rosas será tu hogar.
—¿Cómo crees? Fue mi culpa. Soy yo la que no sabe cuál es su lugar, la que se pasó de la raya. No volveré a meterme en tu vida…
Fabio se sintió aún más culpable.
—Puedes meterte. De ahora en adelante, solo tú puedes hacerlo.
—¿De verdad, hermano?
Los ojos húmedos de Selena revelaron una alegría enfermiza.
Su plan de hacerse la víctima había funcionado.
De ahora en adelante, la Hacienda de las Rosas le pertenecía.
***
Cuando Karina salió del trabajo, se dio cuenta de que afuera llovía a cántaros.
Tenía la costumbre de checar el pronóstico del tiempo, así que llevaba un paraguas plegable en su bolso.
Lo abrió y cruzó la calle para pedir un taxi.
La aplicación mostraba que había más de veinte personas en la fila antes que ella.
Karina esperaba, agotada.
Los tacones le empezaban a molestar, así que se agachó para masajearse las pantorrillas.
El paraguas se inclinó y toda el agua acumulada en la lona le cayó en el cuello.
Al instante, la humedad helada empapó su blusa blanca.
Una ráfaga de viento la hizo tiritar de frío.
No tenía la costumbre de llevar ropa de cambio, así que no le quedaba más que aguantar.
Una Land Rover blanca se detuvo frente a ella.
Ariel bajó del vehículo con un paraguas y le ofreció una gabardina ligera.
Su mirada pasó rápidamente por la blusa mojada de ella y luego se desvió.
Karina, con la gabardina de Ariel puesta, se fue acercando poco a poco hasta sentarse junto a Melisa.
—Melisa me dijo que ella era un solecito que daba calor —susurró a modo de prueba—. Justo ahora, la señora se mojó con la lluvia y está temblando de frío. ¿Podría prestarme un poquito del calor de ese sol?
Las manitas de Melisa, que descansaban sobre su regazo, se apretaron, pero no hubo reacción.
—Entonces contaré hasta tres —continuó Karina—. Si el solecito no responde, significa que está de acuerdo.
»1, 2, 3.
Karina rodeó a Melisa con sus brazos y dijo sonriendo:
—¡Ya abracé a mi solecito! Ya no tengo frío. ¡Melisa, eres milagrosa!
Melisa no pudo evitar levantar la cabeza. Al ver la sonrisa en el hermoso rostro de Karina, su naricita se arrugó y rompió a llorar.
No era un llanto escandaloso como el de Caro.
Lloraba en silencio, sin que una sola lágrima cayera de sus ojos, un llanto puro y triste que a Karina le partió el corazón.
—¿Te pasó algo malo, verdad, Melisa? No te apures, cuéntanos con calma. Tu papá y yo te escucharemos.
—Ayer, Carolina me quitó mi cámara y borró todas las fotos donde le dábamos de comer a los cisnes —sollozó Melisa—. Hoy, tiró mi mochila a propósito. La cámara se rompió y ya no enciende.
La sonrisa desapareció del rostro de Karina.
Ariel, temiendo poner a Karina en una situación difícil, intervino para consolar a Melisa:
—No llores, papá te arreglará la cámara y las fotos se pueden recuperar.
Karina miró a Ariel.
—Profesor Solano, ¿así es como suele educar a su hija?
Ariel frunció los labios y guardó silencio.
Karina tomó un pañuelo para secarle las lágrimas a Melisa y le preguntó con paciencia:
—¿Por qué no te defendiste, Melisa?
—Porque Carolina es la hija de la señora —respondió Melisa, sorbiendo por la nariz—. No quería pelear con ella.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Guerra de Karina: Mi Destino es Mío