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La Guerra de Karina: Mi Destino es Mío romance Capítulo 60

—¿Carolina se te disculpó hoy?

Melisa asintió.

—Sí, se disculpó.

—¿De verdad? —Karina no terminaba de creerlo.

Boris le había dicho a Caro que las princesas no necesitan disculparse.

Caro se lo tomó al pie de la letra.

Karina había intentado enseñarle varias veces: “Una verdadera princesa nunca lastimaría a los demás”.

Pero Caro no le hacía caso e incluso le respondía:

—Mamá, tú creciste en una ciudad pequeña, no eres una princesa. ¿Cómo vas a saber cómo son?

Su tono de voz era idéntico al de su abuela Patricia. En ese momento, Karina casi no pudo contener las ganas de darle una nalgada.

Melisa hizo una pausa antes de volver a asentir.

En realidad, Caro no se había disculpado.

Al contrario, le había dicho con arrogancia: “La cámara la compró mi mamá, así que, aunque la rompa, estoy rompiendo algo de mi familia”.

Melisa le había respondido al instante: “Ni siquiera entiendes el concepto de propiedad. Eres una prepotente maleducada, no te pareces en nada a la señora”.

Entonces Caro se puso a llorar y fue a acusarla con la maestra.

La maestra le pidió a Melisa que se disculpara con Caro.

Y ella lo hizo.

Porque su papá le había dicho que la señora seguramente se sentiría mal por haberle enseñado a enfrentarse a su propia hija.

Pero la señora también había dicho que prefería a los niños que se defendían con valentía.

Así que, después de disculparse, aprovechó que la maestra no estaba y le advirtió a Caro: “No vuelvas a buscarme problemas, o no seré tan amable”.

***

El aroma de la carne a la mantequilla llegó a la nariz de Karina, y el hambre la golpeó con fuerza.

El plato era una obra de arte: una base de camarones abiertos en mariposa, champiñones, brócoli y cerezas, con el filete cortado en tiras por encima.

Verlo colocar el reloj con cuidado en una caja de almacenamiento le dio la sensación de que, junto con el reloj, también la estaba valorando a ella.

Ariel, metódicamente, colocó los platos en el lavavajillas y luego limpió la encimera y el fregadero con un paño.

La luz cálida delineaba sus facciones marcadas y su tez clara.

Observando a Ariel, el corazón de Karina, lleno de rencor y resentimiento, encontraba un poco de paz.

Ese hombre poseía una ternura que calmaba el alma.

Karina apartó la vista disimuladamente y, con las manos en los bolsillos, comenzó a pasear por la sala.

Una fotografía llamó su atención.

En la imagen, un Ariel de unos veinte años, sin gafas, mostraba un rostro atractivo y labios de un suave tono rosado.

Tenía una mano apoyada en el hombro de la chica que estaba a su lado.

La chica tenía rasgos delicados, el cabello largo hasta la cintura y unos ojos marrones que irradiaban amabilidad y dulzura.

Karina la reconoció al instante. Era la doctora que le había salvado la vida: Nayeli.

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