—No cancelé antes por la insustituibilidad del Grupo Castaño. En cuanto a ahora…
Don Mauro miró a Fidel con una sonrisa llena de significado.
—Afortunadamente, Hernán no es un avaricioso como tú. Él nos dejó una salida al final.
Cuando salió de ver a Don Mauro, la cara de Fidel estaba tan oscura que daba miedo.
Escupió las palabras con rabia:
—¡Maldita sea, Sabrina! ¡Te atreves a robar los recursos de los Castaño!
***
Al día siguiente, la oficina de Sabrina recibió una visita inesperada.
Sabrina no se sorprendió en absoluto al ver a Fidel frente a ella.
—Señor Castaño, qué raro verlo por aquí. ¿Quiere café o prefiere un té?
Fidel clavó la mirada en Sabrina.
—Te robaste a mis socios, ¿verdad?
Sabrina lo miró con extrañeza.
—Señor Castaño, lleva mucho tiempo en los negocios, debería saber lo que es la competencia leal.
Fidel soltó una risa burlona.
—¿Competencia leal? ¿Cavas mi tumba a mis espaldas y tienes el descaro de hablarme de competencia leal?
Sabrina sonrió levemente.
—Yo no tengo el presupuesto del Grupo Fonseca para pagar esas indemnizaciones astronómicas. Señor Castaño, ya que vino a buscarme, debe saber que no fui yo quien pagó para llevárselos. Muchos de ellos prefirieron pagar la penalización con tal de romper con el Grupo Castaño. ¿Qué nos dice eso? Que bajo su liderazgo, el Grupo Castaño no es muy querido que digamos.
Sabrina se recargó cómodamente en su silla.
Aunque ella estaba sentada y Fidel de pie, su presencia no era menos imponente.


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