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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 1694

La empresa que había firmado con Sabrina esta vez pertenecía a una familia extranjera.

Sin embargo, el presidente de la compañía resultó ser un hombre joven de rasgos latinos.

Parecía tener menos de treinta años, llevaba el cabello corto y bien peinado, un par de aretes de diamantes en las orejas y, en su rostro atractivo y varonil, se notaba un toque de rebeldía.

Sabrina observó al hombre que tenía enfrente.

—¿Eres amigo de Hache?

—Podría decirse que sí —respondió él—, aunque creo que la palabra «socio» es más adecuada.

«¿Socio?».

Sabrina repitió la palabra mentalmente.

Para ella, un socio tenía mucho más peso que un amigo.

Un socio era alguien con quien habías pasado por situaciones de vida o muerte; alguien a quien, en el momento de mayor peligro, podías confiarle tu espalda.

Sabrina rara vez escuchaba a Sebastián hablar de sus amigos, pero era imposible que no los tuviera.

El hombre miró a Sabrina y añadió:

—Permíteme presentarme. Mi nombre en español es Samuel Sheffield, y actualmente soy el patriarca de la familia Sheffield.

Otro líder de una familia poderosa.

Los amigos de Sebastián, como era de esperarse, no eran personas comunes.

Sabrina extendió la mano.

—Señor Sheffield, mucho gusto.

Sin embargo, Samuel no mostró ninguna intención de estrecharle la mano.

Su expresión era fría.

—Lo siento, solo trato con personas de mi mismo nivel y círculo social. Si acepté firmar este contrato con la señorita Ibáñez, fue únicamente por consideración a Cami. Ella siente que le debe mucho a Sebastián y, como no tiene nada más que ofrecerle, decidió compensarte a ti.

Al escuchar esto, Sabrina no mostró ni vergüenza ni enojo.

Solo sintió que la escena le resultaba extrañamente familiar.

—¿No quieres saber cuál es la relación entre Sebastián y Cami?

—Si tuviera curiosidad, le preguntaría directamente a Hache —respondió Sabrina—. ¿Qué necesidad hay de enterarme por boca de terceros?

Samuel pareció sorprendido.

—Pareces muy segura de ti misma. Pero, ¿te has detenido a pensar que, si Sebastián realmente quisiera contártelo, por qué no lo hizo desde el principio?

Sabrina lo pensó un momento.

—Lo que no se dice, usualmente es porque no es importante. Después de todo, no puede narrarme cada detalle de su vida con pelos y señales.

Hizo una pausa, miró a Samuel y sonrió levemente.

—Y aunque quisiera contármelo, primero tendría que recordarlo.

—Eres más lista de lo que imaginaba —concedió Samuel—, y también tienes más temple.

—Gracias por el cumplido, señor Sheffield.

Samuel comprendió que, con la fortaleza mental que tenía Sabrina ahora, manipularla sería casi imposible.

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