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La Guerra de una Madre Traicionada romance Capítulo 2112

—Ya es un poco tarde, ¿te llevo a casa? —ofreció Ulises.

Sabrina, pensando en Sebastián, estaba a punto de rechazar la oferta cuando una voz limpia y fría resonó a sus espaldas.

—Sabrina, ¿ya terminaste?

El cuerpo de Sabrina se tensó. Ese tono de voz tan familiar la dejó aturdida por un instante, como si la hubiera transportado directamente a tres años atrás.

Mientras Sabrina seguía pasmada, la figura elegante y esbelta del hombre se acercó a paso lento.

Él echó un vistazo a las flores que Sabrina sostenía en sus manos y luego miró a Ulises, que estaba de pie frente a ella. Una sonrisa inescrutable se dibujó en sus finos labios.

Le tendió la mano a Ulises para saludarlo amablemente.

—Señor Hoyos, he oído hablar mucho de usted.

Los ojos de Ulises se oscurecieron.

—¿Me conoces?

—¿Quién no conoce el gran nombre de Ulises, el patriarca de la familia Hoyos? —respondió Sebastián—. Incluso si no nos habíamos visto en persona, era necesario informarme detalladamente antes de venir a Chile. Después de todo, cuando uno está en el territorio de alguien más, lo mejor es mantener un perfil bajo.

Ulises miró la mano extendida frente a él y la estrechó con cortesía.

—Señor Fonseca, un placer.

Las manos de ambos hombres se unieron, pero se soltaron casi al instante.

Sebastián preguntó de repente:

—¿Qué le pasó a su mano, señor Hoyos?

Ulises lo miró fijamente.

—¿Hay algún problema?

—Su mano está rígida y fría, tiene un tacto mecánico. No parece la mano de una persona viva.

Los oscuros ojos de Ulises se entrecerraron ligeramente, aunque su rostro se mantuvo impasible.

—Qué buen ojo tiene, señor Fonseca. En efecto, es un brazo mecánico.

—¿Y qué pasó con su mano original? —inquirió Sebastián.

—La perdí.

—Oh, la perdió... —Sebastián fingió comprensión y luego puso una expresión de disculpa—. Lo siento, fui muy atrevido al hurgar en una herida dolorosa para usted.

El tono de Ulises se volvió enigmático.

—Hay que decir que el señor Fonseca apunta muy bien a las heridas.

Sebastián sonrió.

—Vivir más de treinta años y no saber leer el ambiente sería como haber vivido todos estos años en vano, ¿no cree?

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