Pero justo esa joven, Gabriela, había logrado lo impensable: hacer despegar una nave espacial y superar la velocidad de la luz. Por esto mismo, el nombre de la Doctora YC ya era conocido por todo el país, y no solo eso: Gabriela no solo había pasado a la historia nacional, sino que su nombre también figuraba en los libros de texto de otros países.
La señora Iglesias preguntó entonces:
—¿Y la Srta. Yllescas ya se casó?
Mino negó con la cabeza y respondió:
—Todavía no, pero no debe faltar mucho.
—Si la Srta. Yllescas ya casi se casa, ¿no crees que tú también deberías ir pensando en eso? —dijo la señora Iglesias, enfocando la conversación en Mino.
—Está bien, mamá, le voy a echar ganas —contestó Mino, sonriendo.
—Pues deberías apurarte, de verdad —insistió la señora Iglesias—. Hoy en la mañana fui al mercado y me encontré a don Lozano, ¿sabes con qué me sorprendí?
—¿Ya su nieto va solo a la tienda? —bromeó Mino.
—¿Qué tienda ni qué nada? ¡Su nieto ya está en primero de primaria! —dijo la señora Iglesias, alzando la voz—. Ryon Ríos tiene tu edad, ¡no vaya a ser que cuando él ya sea abuelo, tú ni hijos tengas!
—Sí, sí, ya entendí —respondió Mino, queriendo terminar el tema.
—Siempre me dices lo mismo cada vez que te lo menciono. Pero deberías pensarlo en serio —remató la señora Iglesias.
—Ajá —asintió Mino, sin discutir más.
La señora Iglesias ya no insistió. Después de la comida, Mino trajo el pastel, encendió las velitas y, junto a su papá, le cantaron a la señora Iglesias "Las Mañanitas".
La luz de las velas iluminaba la sonrisa de la señora Iglesias. Después de más de cincuenta años, ese era el cumpleaños más especial que había tenido.
—Mamá, cierra los ojos y pide un deseo —le pidió Mino, divertido.
—Está bien —respondió la señora Iglesias, juntando las manos y cerrando los ojos para concentrarse en su deseo.
Mino le hizo una seña a su papá, quien, aunque algo despistado, entendió perfectamente lo que Mino quería decirle. Sacó el regalo que tenía guardado en el bolsillo y, justo cuando la señora Iglesias abrió los ojos, le sonrió y dijo:
—Floria, feliz cumpleaños. Esto es para ti.
La señora Iglesias se quedó sorprendida y preguntó, emocionada:
—¿Tú… tú me lo compraste?
Aunque al señor Iglesias le dio un poco de pena, intentó mantener la compostura:
—Claro, lo compré especialmente para ti.
—¿Y no que habías olvidado mi cumpleaños? —le reclamó la señora Iglesias.
Mino intervino rápido:
—Lo hizo para darte una sorpresa, mamá.
—Exacto —dijo el señor Iglesias, asintiendo con energía.
La señora Iglesias tomó el regalo. De pronto, se le humedecieron los ojos. Después de tantos años juntos, era la primera vez que su esposo le regalaba algo.
Al ver a su esposa así, el señor Iglesias se sintió un poco avergonzado.
Al día siguiente, Mino regresó a Marte.
Todo seguía según lo planeado.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera del Poder
Buen dia, habia entendido que la novela era gratis, gracias 😊...
Buen dia...