Al ver que Gabriela seguía firmando los papeles, Bravo respiró aliviado.
En poco tiempo, Gabriela terminó de firmar todos los documentos. Dejó una copia para ella y le entregó la otra a Bravo.
—Llévala, entrégala y ya está —dijo con voz firme.
Bravo tomó la carpeta de inmediato.
—Señorita Yllescas, entonces yo me retiro.
—Anda —respondió Gabriela, agitando la mano con naturalidad.
Bravo se dio media vuelta y salió del despacho sin perder tiempo.
El doctor Sanz, que había estado observando todo desde un rincón, miró la espalda de Bravo mientras se alejaba, entrecerrando los ojos.
—Señorita Yllescas, no es por decir, pero ese Bravo tiene algo raro… ¿De verdad no notas nada?
—¿Algo raro? —Gabriela levantó la vista, devolviendo la pregunta.
Sanz insistió:
—No sé, como que está muy nervioso, parece que oculta algo. Por cierto, ¿no quieres revisar los papeles que te acaba de dar? ¿Y si hay algún error?
—No hace falta —respondió Gabriela, sin darle importancia—. Seguro que está bien.
Sanz se frotó la nariz, un tanto incómodo.
—Pero ni los miraste…
Gabriela le sostuvo la mirada, serena.
—Confío en mi intuición, doctor Sanz. ¿Tú confías en mí?
Sanz asintió de inmediato:
—Por supuesto, claro que confío.
...
Por otro lado, Bravo, en cuanto tuvo en sus manos el acuerdo firmado, fue directo a buscar a Mino para pedirle permiso.
—Jefe Mino, recibí un mensaje de mi papá. Me dice que mi mamá está muy grave, que tengo que ir a verla ya. Si no voy, puede que no la vuelva a ver nunca más…
Tenía que salir cuanto antes, antes de que Gabriela sospechara algo, y así entregar el acuerdo en el país C.
Al escuchar esto, Mino frunció el ceño, preocupado.
—Tú sabes bien cómo está la situación en la base ahora mismo. Si te vas ahora…
Mino ni siquiera terminó la frase, cuando Bravo lo interrumpió, con los ojos llenos de lágrimas:
—¡Jefe Mino, se lo ruego! Mi mamá sólo me tiene a mí. Si ni siquiera puede despedirse de su único hijo, yo no me lo voy a perdonar nunca, ¡por favor! Déjeme ir, aunque sea sólo un rato.
—¿Y cuándo piensas regresar? —preguntó Mino, dudando.
—En cuanto vea a mi mamá, regreso —aseguró Bravo.
Mino vaciló un momento, pero al final cedió:
—Está bien, ve y vuelve rápido.
—¡Gracias, jefe Mino, muchas gracias! —Bravo no dejaba de inclinarse, agradecido.
—Anda, vete ya —dijo Mino, haciendo un gesto con la mano.
—Entonces me voy, jefe Mino. Le agradezco de parte de mis padres también.
Mino volvió a despedirse con la mano.
En cuanto Bravo se dio la vuelta, una sonrisa sarcástica se dibujó en sus labios.
¿Señorita Yllescas?
¿Jefe Mino?
¿Doctor Sanz?
Para él, todos ellos no eran nada.
Él solo los había manejado a su antojo, incluso a esos grandes jefazos de la base.
Y en especial a Gabriela.
Bravo subió a su aeronave y despegó rumbo a su destino.
En principio, tenía previsto aterrizar en Ciudad Real de Torreblanca. Pero justo cuando estaba por aterrizar ahí, cambió el plan y dirigió su aeronave directamente al país C.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera del Poder
Buen dia, habia entendido que la novela era gratis, gracias 😊...
Buen dia...