Además de organizar la mudanza a Marte, Gabriela había diseñado un montón de atracciones turísticas en el planeta rojo, pensadas especialmente para que los visitantes de otros países las disfrutaran y, de paso, para que cada ciudadano pudiera convertirse en su propio jefe sin salir de casa.
Después de todo, ahora todos los ciudadanos del mundo soñaban con conocer Marte.
Montar negocios turísticos en Marte era, sin duda, una apuesta segura.
—¡Yo siempre supe que algún día la humanidad iba a crear otro planeta como la Tierra, pero jamás imaginé que ese día llegaría tan pronto!
—¡La doctora YC es increíble!
—Aunque ya podemos mudarnos a Marte, la verdad es que me da mucha nostalgia dejar la Tierra... después de todo, es nuestro hogar, donde empezó todo.
—La señorita Yllescas dijo que si queremos volver a la Tierra, podemos hacerlo cuando se nos antoje. Hay un montón de vuelos diarios, uno cada media hora, así que podemos ir y venir como si nada.
—¡Yo amo a la señorita Yllescas!
—¡Qué gusto me da ver cómo calló bocas! ¿Dónde estarán ahora todos esos que decían que la señorita Yllescas ya no tenía nada que aportar? ¿No van a aparecer para reclamar su minuto de gloria?
—Jajaja, a partir de ahora, yo soy marciano.
Después de seis meses, Gabriela por fin logró su objetivo: toda la población se había mudado a Marte.
Las estaciones del año iban y venían, trayendo consigo el frío y el calor.
Durante ese medio año, la relación entre Adam y Sue también había evolucionado mucho.
Y Adam, además, había pasado sin problemas la prueba que le puso don Mar.
Por eso, Sue decidió llevar a Adam a visitar al abuelo en el sistema estelar S.
Cuando don Mar se enteró de que Sue y Adam iban a visitarlo, se puso feliz de inmediato, sobre todo porque Adam, sin ninguna preparación, había superado su prueba de manera brillante. Don Mar sentía una gran admiración por Adam.
Ese día, don Mar se levantó temprano para esperarlos.
No pasó mucho tiempo antes de que se oyeran pasos en la entrada.
Luego, la voz de la empleada anunció: —La señorita ha regresado.
—Buenas —saludó Sue con una sonrisa.
Don Mar fue enseguida a recibirla: —¡Sue, ya llegaste!
—¡Abuelito! —gritó Sue alegremente, corriendo hacia él para abrazarlo con fuerza.
Don Mar le dio unas palmaditas en la espalda y, al mirar alrededor, preguntó con curiosidad: —¿Y el joven Lozano? ¿No me dijiste que lo traías contigo a verme?
Sue explicó: —Él está en el hotel. Dice que quiere prepararse bien antes de venir a saludarlo.
Después de tres días encerrados en el transporte interestelar, además de tener que estar atentos a la ruta, era normal que no se sintiera en su mejor momento. Y Adam, que era muy detallista y le gustaban los rituales, quería causar la mejor impresión en su primera visita a la familia de Sue.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Heredera del Poder
Buen dia, habia entendido que la novela era gratis, gracias 😊...
Buen dia...